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Martes 10-08-2004
Óscar Cuesta
Biella (Italia) |
Cuando un equipo aúna talento,
físico y dureza mental es muy complicado perder. España era
un equipo que poseía todas esas cualidades y las hizo valer
para levarse una medalla de oro que se venía oliendo desde
lejos, pero que había que ganársela en la pista. Tanto la
semifinal ante Bielorrusia como la final frente a Serbia
fueron dos encuentros de una intensidad electrocutante en la
que la selección supo ser un poco mejor en el momento
adecuado.
"Este partido no tiene nada que ver con el del otro día".
Carlos Colinas lo tenía muy claro antes de la final: la
contundente victoria de la segunda fase (36-52) ante Serbia
no debía llevar a engaños. El equipo balcánico había elevado
su nivel de juego en la semifinal donde se deshizo ni más ni
menos que de Rusia imponiendo un ritmo cansino y evitando al
máximo las transiciones rápidas de las rivales.
Y así se jugó en el primer cuarto de la final. Miljkovic
manejó el partido, matando el ritmo y sumiéndolo en un
ataque continuo 5x5 en el que España no se manejaba tan bien
como al contraataque. La consigna de Colinas era clara en
este sentido, ya que cuando se producía un rebote pedía
forzar (con sentido) la velocidad. Ocete y Agulló lo
intentaron pero el balance defensivo serbio fue impecable.
Serbia controlaba el rebote en su aro y forzaba faltas
(6/8). Si bien España aguantó el tipo en ese primer periodo,
no fue así en el segundo. Serbia colocó el marcador en una
situación delicada, imponiendo una sensible diferencia de 6
puntos (21-15, minuto 12). Para más inquietud, España venía
de realizar una malísima sesión matinal de entrenamiento que
ofrecía dudas del estado anímico.
Sin embargo, España reaccionó de forma contundente. Colinas,
harto de los contactos no señalados en la zona serbia, forzó
una técnica que sirvió para espabilar a la pareja arbitral.
Pero, sin duda, más trascendente fue la decisión del técnico
serbio, Vukijevic, de desplazar a Miljkovic hacia la
posición de escolta, quizás para hacerla descansar de la
agobiante presión de las dos bases españolas. Ésa fue la
perdición serbia.
Cuando la genial jugadora dejó de manejar el partido, España
pudo meter el hocico. La defensa, pese al marcador, no había
bajado un ápice, y en esas circunstancias encontró su
fórmula ideal. Serbia fue incapaz de superar la muralla y de
encontrar tiros mínimamente cómodos. Los brazos de las
pívots eclipsaban la visión del aro y recogían los rechaces,
mientras los de las exteriores, en especial Ocete (6 robos y
auténtica sombra de Miljkovic en ese tramo), robaban balones
para poder desplegar lo que a España tanto le convenía:
correr. Torrens, metiendo la quinta marcha, y Abalde (16
puntos para ambas en ese cuarto) lideraron un sangrante
parcial de 0-17 que abrió el camino del oro. España se iba
al descanso con 13 de ventaja (25-38).
En los vestuarios las serbias volvieron a tomar conciencia
de su forma de juego. Miljkovic retornó a la posición de
base y sumió el partido en sus intereses. Lentamente fueron
limando la distancia, ya que España volvió a atacar en
estático. Un triple a la remanguillé en el último segundo de
posesión recortó el electrónico a un inquietante 38-45. No
obstante, España volvió a minar las aspiraciones de su rival
cuando en la siguiente defensa, Carbó robó un providencial
balón a dos manos en línea de pase que permitió sacudirse el
asedio y establecer un break de 0-5 con el que la selección
se marchó de 12 puntos de ventaja (38-50).
El sufrimiento no se había acabado aún. Serbia siguió en sus
trece, convencida de sus opciones y volviendo a situar 8
puntos de distancia a falta de 4 minutos. Hasta que surgió
Torrens. Un par de auténticas genialidades de la
escolta-alero balear (dos tiros en movimiento por elevación)
allanaron el tramo final y adelantaron la celebración más
anunciada.
Torrens, MVP
La jugadora española se alzó con el MVP del torneo gracias a
sus 11'8 puntos, 4'3 rebotes y 2'0 rebotes. La balear superó
a Giorgia Sottana, la mágica escolta italiana, que fue la
máxima anotadora (19'5 puntos) y pasadora (4'8) del torneo,
y a la pívot bielorrusa Hasper, segunda mejor anotadora
(17'5 puntos) y mejor reboteadora (14'1 rechaces).
La afición española
Fueron parte importante del triunfo. Desde las gradas del
precioso Palaruffini no dejaron de animar un solo instante a
las jugadoras, convirtiéndose en la afición no sólo más
numerosa (Italia aparte) sino también más ruidosa e
insistente (Italia incluida). Las jugadoras, desde el podio,
agradecieron el apoyo incondicional de los más de 30
familiares que se acercaron a la capital del Piemonte.
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