| Vivir
como entrenadora un Campeonato de
España de Selecciones
Autonómicas es un acontecimiento
que todo técnico desea vivir.
Creo que supone una oportunidad
para profundizar en aspectos
técnicos y tácticos; entrenas
con el mejor equipo de tu
país/comunidad/región (no es mi
deseo herir ninguna sensibilidad
territorial) y juegas contra los
mejores de otras comunidades. El
Campeonato de España de
Selecciones Autonómicas de
Minibasket, en este caso
femenino, no tiene nada que ver
con nada de lo que hayas vivido
anteriormente. De poco valdrán
los consejos de tus predecesores
en el cargo, de poco más valdrá
tener experiencia en campeonatos
similares (en mi caso el
infantil). El cúmulo de
vivencias, de sensaciones y de
anécdotas que se viven son
tantas que sólo los
entrenadores-educadores que las
hemos vivido podemos saber lo que
es.
Cuando
masBasket me pide un
texto sobre el campeonato
enseguida pienso en redactaros
una serie de valoraciones
técnicas (que si este año no se
han prodigado las tiradoras, que
si ha existido mucha riqueza en
táctica individual,...). Pero ya
de vuelta a mi casa y después de
sufrir el traumático
periodo post-campeonato, creo
más interesante intentar
transmitiros cómo vive una
persona adulta (se supone que
éste es mi caso) la vorágine de
partidos, niñas, padres y hotel
(¡no olvidemos el hotel!) que
supone un campeonato de estas
características.
El
periodo de preselección ya te
marca un poco lo que nos espera.
Ver a niñas, partidos y más
partidos, entrenar, dudas,
escoger o descartar, intentando a
la vez que sea lo menos
traumático posible. Y es que,
por si no nos habíamos dado
cuenta, estamos hablando de
niñas de 11-12 años. Jugadoras
que viven el baloncesto como si
sólo fuera un juego (¡qué
difícil es para los adultos
entender este concepto: sólo
es un juego!), aunque forme
parte de nuestra filosofía de
vida.
Montamos
en el autobús, nos dirigimos a
Blanes y su preocupación más
grande es: ¿cómo se repartirán
las habitaciones? ¿Habrá un
lugar para hacer los deberes? La
primera noche aquello parecía el
camarote de los Hermanos Marx; el
nerviosismo impedía dormir a
todo el mundo. ¿Os imagináis lo
que es un hotel con 400 chavales?
Pues yo os aseguro que no os lo
podéis imaginar. Al final llegó
la calma.
Y
señores y señoras ...tachán,
tachán... ¡primer partido! Y el
segundo, y el tercero, y victoria
tras victoria. Euforia a nuestro
alrededor. ¿Contra quién
jugamos mañana? Pregunta la
madre a la jugadora, contra
Madrid (que si eres catalán este
derbi levanta pasiones) y hoy en
la disco del hotel nos
ponen el disco estrella:
el equilibrio perfecto.
Nosotras
jugábamos cada día por la
tarde, toda la mañana la
dedicábamos a jugar y a cantar.
Pero cuando llegaba la hora de
comer, las niñas sabían y
entendían que formaban parte de
la selección catalana y que
allí empezaba un ritual que se
repitió durante todo el
campeonato. Ponerse el equipaje
(¿hoy blancas o azules?),
hablábamos, preparábamos el
partido, paseo cerca del mar
destino al pabellón, charla avantmatch
y ya estamos a punto para
disfrutar de otro buen partido.
Incluso muchas veces nos
sorprendíamos de la madurez y de
la conciencia de lo que hacían
allí.
Viernes
por la mañana, jugamos la
semifinal en la misma pista que
otros partidos, ganamos
cómodamente. Es una gozada ver
desde el banquillo cómo jugamos,
tranquilas, sin nervios, y es que
las niñas de 11 años no
entienden de presiones, o eso
creíamos nosotros. Esa mañana
todo salió a pedir de boca.
Viernes
por la tarde: la gran final. Más
de 3.000 personas dispuestas a
vivir la magia del minibasket
abarrotan el pabellón. Llega la
hora de salir a la pista y
vivimos los momentos mas
críticos, Lorena es la muestra
más clara: "Anna, yo ahí
no me veo"; por un momento
temo lo peor. Ese día ellas
descubren un mundo nuevo: esa
gran pista, la luz de los focos,
mucha y mucha gente, te llaman
por tu nombre y debes salir sola
ante un montón de aplausos. Pero
cuando empezamos a jugar todo se
olvida, vivimos momentos
mágicos. La selección catalana
gana a una selección andaluza
que ha hecho un gran campeonato.
Lo celebramos, nos abrazamos,
algunas lloran, ya tenemos la
copa. "¿Las medallas son de
oro? ¿Y por qué no?"
pregunta Elena.
Y
hasta aquí mi relato. Pasarán
años, ligas y campeonatos pero
ninguno de nosotros podrá
olvidar el debut de la promoción
del 90 que vivimos en el
pabellón de Blanes. ¡Ah! y en
un agradable hotel cerca de ahí.
Pero
antes de despedirnos, permítanme
en nombre de mi equipo y en el
mío propio dedicar esta
inolvidable experiencia a alguien
que ha estado a nuestro lado
desde el principio y que se
merece todo lo bueno y más:
nuestra entrañable Sandra Broch.
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