OPINIÓN

     

Sábado, 06-04-2002
ANNA CAULA
Seleccionadora mini de Cataluña

Blanes


Sólo es un juego
 
Vivir como entrenadora un Campeonato de España de Selecciones Autonómicas es un acontecimiento que todo técnico desea vivir. Creo que supone una oportunidad para profundizar en aspectos técnicos y tácticos; entrenas con el mejor equipo de tu país/comunidad/región (no es mi deseo herir ninguna sensibilidad territorial) y juegas contra los mejores de otras comunidades.

El Campeonato de España de Selecciones Autonómicas de Minibasket, en este caso femenino, no tiene nada que ver con nada de lo que hayas vivido anteriormente. De poco valdrán los consejos de tus predecesores en el cargo, de poco más valdrá tener experiencia en campeonatos similares (en mi caso el infantil). El cúmulo de vivencias, de sensaciones y de anécdotas que se viven son tantas que sólo los entrenadores-educadores que las hemos vivido podemos saber lo que es.

Cuando masBasket me pide un texto sobre el campeonato enseguida pienso en redactaros una serie de valoraciones técnicas (que si este año no se han prodigado las tiradoras, que si ha existido mucha riqueza en táctica individual,...). Pero ya de vuelta a mi casa y después de sufrir el traumático periodo post-campeonato, creo más interesante intentar transmitiros cómo vive una persona adulta (se supone que éste es mi caso) la vorágine de partidos, niñas, padres y hotel (¡no olvidemos el hotel!) que supone un campeonato de estas características.

El periodo de preselección ya te marca un poco lo que nos espera. Ver a niñas, partidos y más partidos, entrenar, dudas, escoger o descartar, intentando a la vez que sea lo menos traumático posible. Y es que, por si no nos habíamos dado cuenta, estamos hablando de niñas de 11-12 años. Jugadoras que viven el baloncesto como si sólo fuera un juego (¡qué difícil es para los adultos entender este concepto: sólo es un juego!), aunque forme parte de nuestra filosofía de vida.

Montamos en el autobús, nos dirigimos a Blanes y su preocupación más grande es: ¿cómo se repartirán las habitaciones? ¿Habrá un lugar para hacer los deberes? La primera noche aquello parecía el camarote de los Hermanos Marx; el nerviosismo impedía dormir a todo el mundo. ¿Os imagináis lo que es un hotel con 400 chavales? Pues yo os aseguro que no os lo podéis imaginar. Al final llegó la calma.

Y señores y señoras ...tachán, tachán... ¡primer partido! Y el segundo, y el tercero, y victoria tras victoria. Euforia a nuestro alrededor. ¿Contra quién jugamos mañana? Pregunta la madre a la jugadora, contra Madrid (que si eres catalán este derbi levanta pasiones) y hoy en la disco del hotel nos ponen el disco estrella: el equilibrio perfecto.

Nosotras jugábamos cada día por la tarde, toda la mañana la dedicábamos a jugar y a cantar. Pero cuando llegaba la hora de comer, las niñas sabían y entendían que formaban parte de la selección catalana y que allí empezaba un ritual que se repitió durante todo el campeonato. Ponerse el equipaje (¿hoy blancas o azules?), hablábamos, preparábamos el partido, paseo cerca del mar destino al pabellón, charla avantmatch y ya estamos a punto para disfrutar de otro buen partido. Incluso muchas veces nos sorprendíamos de la madurez y de la conciencia de lo que hacían allí.

Viernes por la mañana, jugamos la semifinal en la misma pista que otros partidos, ganamos cómodamente. Es una gozada ver desde el banquillo cómo jugamos, tranquilas, sin nervios, y es que las niñas de 11 años no entienden de presiones, o eso creíamos nosotros. Esa mañana todo salió a pedir de boca.

Viernes por la tarde: la gran final. Más de 3.000 personas dispuestas a vivir la magia del minibasket abarrotan el pabellón. Llega la hora de salir a la pista y vivimos los momentos mas críticos, Lorena es la muestra más clara: "Anna, yo ahí no me veo"; por un momento temo lo peor. Ese día ellas descubren un mundo nuevo: esa gran pista, la luz de los focos, mucha y mucha gente, te llaman por tu nombre y debes salir sola ante un montón de aplausos. Pero cuando empezamos a jugar todo se olvida, vivimos momentos mágicos. La selección catalana gana a una selección andaluza que ha hecho un gran campeonato. Lo celebramos, nos abrazamos, algunas lloran, ya tenemos la copa. "¿Las medallas son de oro? ¿Y por qué no?" pregunta Elena.

Y hasta aquí mi relato. Pasarán años, ligas y campeonatos pero ninguno de nosotros podrá olvidar el debut de la promoción del 90 que vivimos en el pabellón de Blanes. ¡Ah! y en un agradable hotel cerca de ahí.

Pero antes de despedirnos, permítanme en nombre de mi equipo y en el mío propio dedicar esta inolvidable experiencia a alguien que ha estado a nuestro lado desde el principio y que se merece todo lo bueno y más: nuestra entrañable Sandra Broch.

 

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