| Este humilde
columnista tenía previsto
dedicar a Gasol su habitual
espacio. Sí, porque aunque los
más incrédulos duden, los
columnistas no escribimos sobre
lo primero que les pasa por la
cabeza. (Bueno, yo no.) Hay una
rigurosa planificación, y una
búsqueda constante de temas
interesantes con los que atraer
vuestra atención. Pero de vez en
cuando, algún irresponsable
decide extralimitarse y lo manda
todo al garete. Tenía pensado
escribir sobre qué pasaría si
Gasol no era elegido mejor
debutante de la NBA, una
posibilidad remota al principio
de la temporada y ya casi una
realidad evidente al final de la
fase regular. Sus últimas
actuaciones, que le han aupado a
ser el mejor debutante del salvaje
Oeste en marzo, han acabado
con el artículo antes de que
empezase a escribirlo.
Así que me he
decidido a ser original. Ya que
estamos en espacio dedicado al basket
femenino, escribiré sobre
mujeres. O mejor dicho, sobre su
ausencia. De los banquillos.
¿Cuántas entrenadoras hay en la
máxima categoría femenina en
nuestro país? ¿Y en la WNBA?
El caso de Carme
Lluveras empezó como anecdótico
para convertirse en excepcional.
De entrenar un equipo masculino,
el Aracena, a llevar al
Universitari a liderar la fase
regular de la Liga Femenina. Su
gran trabajo con los jóvenes del
Aracena le valió las riendas de
un proyecto ganador en la Liga
Femenina, previo paso por la
Universidad de Saint John's para
adquirir conocimientos (más
aún).
Y es que ya no me
pregunto cuántas mujeres hay en
los banquillos; ya me interrogo
acerca de cuántas hay en equipos
con proyectos ambiciosos. Casos
como los de la legendaria Pat
Summitt con Tennessee en la Liga
Universitaria norteamericana, o
Carme Lluveras en España, son
contados. Nos causa mucha
extrañeza ver una mujer en el
banquillo de un equipo masculino
(y ya no hablo solamente de basket),
y ninguna ver lo contrario, un
hombre entrenando un equipo
femenino.
¿Cuál es el
motivo de esta ausencia? No lo
sé, y eso es lo que espero que
alguien me aclare. No me valen
argumentos machistas. Eso sería
demasiado fácil, e incluso
grosero. No aceptaré dudas
acerca de la capacidad de la
mujer para asumir
responsabilidades, puesto que lo
hacen diariamente en muchos
ámbitos. Tampoco dudaré de su
capacidad para ejercer cargos de
responsabilidad, puesto que hay
bastantes cargos directivos
ocupados por ellas. ¿O tal vez
no tantas? ¿Es ésta la razón
oculta? Quizás sea una, aunque
creo que hay más. ¡Que alguien
me las explique, por favor!
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