| Me piden
los amigos de masBasket
que hable de la vuelta de Michael
Jordan. Al principio no me hacia
mucha gracia dar mi opinión
sobre nada relacionado con el
baloncesto; soy un desencantado
de este deporte. Y eso que,
paradójicamente el baloncesto, y
en concreto la NBA fueron
fundamentales en mi vida a la
hora de decidir que quería
dedicarme a esto del periodismo
deportivo. Leer la revista Nuevo
Basket era un raro placer
allá por 1980. ¡Y ya ha
llovido, ya!... y para mal. Si
seguís leyendo es que igual os
interesa saber porqué estoy
desencantado. Os lo diré. Lo
estoy porque este deporte ha
decidido apostar por el
comida para hoy, hambre para
mañana. Jugar en codificado
ha convertido la ACB en una
competición pseudo-clandestina.
Si lee esto el amigo Portela o
alguien de la ACB se enfadarán
conmigo. Y seguro que tienen
razón al considerar que en
Televisión Española no les
tratamos como se merecían. Pero
el ejemplo del balonmano está
demasiado reciente para volver a
caer en el error. Y nosotros no
tenemos efecto Urdangarín
y para más inri hemos
perdido el posible efecto
Gasol.
Estoy
desencantado también porque el
baloncesto no ha sabido
rentabilizar sus éxitos. Hace
años nos pasó con el fútbol lo
que a Pepsi con Coca Cola.
"Después de muchos años de
mirarnos a los ojos, por fin han
pestañeado" pensaron los
mandamases del baloncesto. Pero
llego Cruyff con su fútbol total
y el dream team del
fútbol se convirtió en el nightmare
(pesadilla) para los seguidores
del baloncesto. Y aquí debo
decir que buena parte de culpa de
ese estancamiento la
tuvimos/tenemos los medios de
comunicación. Nos pasa un poco
como la película de Jorge Sanz y
Verónica Forqué, ¿Por qué
lo llaman amor cuando quieren
decir sexo? En nuestro caso
sería, ¿Por qué lo llaman
deporte cuando quieren decir
fútbol? Así que doble
desencanto por la parte que me
toca.
Y
en fin, estoy desencantado de la
NBA. Pero no porque el
espectáculo haya decrecido (que
lo ha hecho), ni porque el
número de estrellas haya
disminuido (que también lo ha
hecho). Soy un desencantado
porque habréis observado que por
naturaleza me gusta ir a la
contra. Y en este planeta del
baloncesto de hoy en día, donde
todos se atreven a hablar de la
NBA, donde muchos creen saberlo
(¿?) todo de esa Liga, en fin,
donde los más osados se atreven
a vaticinar el éxito inmediato
de Pau Gasol; en este planeta
digo, me indigna que la gente que
se llena la boca de NBA
desconozca su pasado mas
reciente. O sea, que sean
seguidores de nuevo cuño y
piensen que Rolando Blackman (mi
jugador preferido, con permiso
del Doctor J.) es un pitcher
panameño de algún equipo de
béisbol. Lo siento, soy un
purista.
Bueno,
dicho todo esto y como no se
trata de llorar mas, hablando de
la NBA volvemos al principio:
Michael Jordan. Ya hace mucho que
no me quedo de madrugada (si no
se trata del play off
final) para seguirla en directo.
Pero la vuelta de Michael Jordan
me despertó, nunca mejor dicho,
del letargo. La noche que debutó
en el Madison me quedé hasta las
4.30 para ver volar su número
23. Era una obligación hasta
para un desencantado. Pero me fui
a dormir con sabor agridulce.
Me
desperté a las pocas horas. Y
todavía tenía ese sabor
agridulce en la boca que aumentó
a medida que leía teletipos
sobre su flojo debut o escuchaba
las crónicas de radio y
televisión. Y mira por donde, la
oportunidad de quitarme el mal
sabor me la brindaron dos niños
que nunca habían visto jugar a
Michael en directo, mis hijos. Me
vino al pelo que esa tarde me
preguntasen por Michael Jordan.
Habían oído su nombre al azar,
y querían saber mas cosas sobre
un tipo que para ellos era
solamente alguien a quien Bugs
Bunny besaba en los morros
en una película. Y se acordaban
(¡qué curioso!) de la ultima
frase de esa película, cuando la
voz del speaker del
United Center gritaba:
"Señoras y señores, los
Chicago Bulls dan la bienvenida a
Michael Jordan".
Así
que al llegar a casa, les propuse
ver de nuevo Space jam.
Todo volvió a tener sentido. Por
un instante, me sentí como Santa
Teresa: vi la luz. Y mis hijos
también. Hasta sus héroes de
dibujos animados admiraban a ese
tipo que quería sus calzones de
la Universidad de North Carolina
para enfrentarse al equipo de los
Monsters. No hizo falta
explicarles nada mas, sus ojos lo
decían todo. Y viéndoles, yo
mismo volví a abrazar la fe.
Sabía,
SÉ, que Michael es y será el
más grande. Y que a final de
temporada recordaremos todo como
una anécdota. Porque NADA podrá
empañar la trayectoria del
único ser de carne y hueso del
partido de Space jam
(con permiso de Bill Murray y
Wayne Knight, el gordito) pero
que de hecho jugaba como si fuese
de dibujos animados. Un looney-tooney
más. Eso sí, ojalá Michael
tuviese la misma poción mágica
que en la película para dársela
a sus compañeros en los Wizards.
Por que esos lo más parecido a
los dibujos animados que han
visto es a Popeye...
pero Popeye Jones. Y de hecho,
son bastante Brutus.
No
sé lo que pasará al final de
esta aventura. No sé si alguien
cometerá la blasfemia de querer
mancillar una carrera como la de
Jordan, por muy mal que le vayan
las cosas este año. De hecho, no
sé si el mismísimo Michael se
arrepentirá al final de lo que
ha hecho. Lo dudo. Pero lo cierto
es que vamos a disfrutar otra
vez. Así que, gracias Michael
por volver. Y gracias sobre todo,
porque a pesar de estar
desencantado, tu vuelta me ha
permitido volver a escribir sobre
baloncesto.
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