OPINIÓN

     

Viernes, 23-11-2001
ERNEST RIVERAS
Periodista

A la Contra


Desencantado
 
Me piden los amigos de masBasket que hable de la vuelta de Michael Jordan. Al principio no me hacia mucha gracia dar mi opinión sobre nada relacionado con el baloncesto; soy un desencantado de este deporte. Y eso que, paradójicamente el baloncesto, y en concreto la NBA fueron fundamentales en mi vida a la hora de decidir que quería dedicarme a esto del periodismo deportivo. Leer la revista Nuevo Basket era un raro placer allá por 1980. ¡Y ya ha llovido, ya!... y para mal.

Si seguís leyendo es que igual os interesa saber porqué estoy desencantado. Os lo diré. Lo estoy porque este deporte ha decidido apostar por el comida para hoy, hambre para mañana. Jugar en codificado ha convertido la ACB en una competición pseudo-clandestina. Si lee esto el amigo Portela o alguien de la ACB se enfadarán conmigo. Y seguro que tienen razón al considerar que en Televisión Española no les tratamos como se merecían. Pero el ejemplo del balonmano está demasiado reciente para volver a caer en el error. Y nosotros no tenemos efecto Urdangarín y para más inri hemos perdido el posible efecto Gasol.

Estoy desencantado también porque el baloncesto no ha sabido rentabilizar sus éxitos. Hace años nos pasó con el fútbol lo que a Pepsi con Coca Cola. "Después de muchos años de mirarnos a los ojos, por fin han pestañeado" pensaron los mandamases del baloncesto. Pero llego Cruyff con su fútbol total y el dream team del fútbol se convirtió en el nightmare (pesadilla) para los seguidores del baloncesto. Y aquí debo decir que buena parte de culpa de ese estancamiento la tuvimos/tenemos los medios de comunicación. Nos pasa un poco como la película de Jorge Sanz y Verónica Forqué, ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? En nuestro caso sería, ¿Por qué lo llaman deporte cuando quieren decir fútbol? Así que doble desencanto por la parte que me toca.

Y en fin, estoy desencantado de la NBA. Pero no porque el espectáculo haya decrecido (que lo ha hecho), ni porque el número de estrellas haya disminuido (que también lo ha hecho). Soy un desencantado porque habréis observado que por naturaleza me gusta ir a la contra. Y en este planeta del baloncesto de hoy en día, donde todos se atreven a hablar de la NBA, donde muchos creen saberlo (¿?) todo de esa Liga, en fin, donde los más osados se atreven a vaticinar el éxito inmediato de Pau Gasol; en este planeta digo, me indigna que la gente que se llena la boca de NBA desconozca su pasado mas reciente. O sea, que sean seguidores de nuevo cuño y piensen que Rolando Blackman (mi jugador preferido, con permiso del Doctor J.) es un pitcher panameño de algún equipo de béisbol. Lo siento, soy un purista.

Bueno, dicho todo esto y como no se trata de llorar mas, hablando de la NBA volvemos al principio: Michael Jordan. Ya hace mucho que no me quedo de madrugada (si no se trata del play off final) para seguirla en directo. Pero la vuelta de Michael Jordan me despertó, nunca mejor dicho, del letargo. La noche que debutó en el Madison me quedé hasta las 4.30 para ver volar su número 23. Era una obligación hasta para un desencantado. Pero me fui a dormir con sabor agridulce.

Me desperté a las pocas horas. Y todavía tenía ese sabor agridulce en la boca que aumentó a medida que leía teletipos sobre su flojo debut o escuchaba las crónicas de radio y televisión. Y mira por donde, la oportunidad de quitarme el mal sabor me la brindaron dos niños que nunca habían visto jugar a Michael en directo, mis hijos. Me vino al pelo que esa tarde me preguntasen por Michael Jordan. Habían oído su nombre al azar, y querían saber mas cosas sobre un tipo que para ellos era solamente alguien a quien Bugs Bunny besaba en los morros en una película. Y se acordaban (¡qué curioso!) de la ultima frase de esa película, cuando la voz del speaker del United Center gritaba: "Señoras y señores, los Chicago Bulls dan la bienvenida a Michael Jordan".

Así que al llegar a casa, les propuse ver de nuevo Space jam. Todo volvió a tener sentido. Por un instante, me sentí como Santa Teresa: vi la luz. Y mis hijos también. Hasta sus héroes de dibujos animados admiraban a ese tipo que quería sus calzones de la Universidad de North Carolina para enfrentarse al equipo de los Monsters. No hizo falta explicarles nada mas, sus ojos lo decían todo. Y viéndoles, yo mismo volví a abrazar la fe.

Sabía, SÉ, que Michael es y será el más grande. Y que a final de temporada recordaremos todo como una anécdota. Porque NADA podrá empañar la trayectoria del único ser de carne y hueso del partido de Space jam (con permiso de Bill Murray y Wayne Knight, el gordito) pero que de hecho jugaba como si fuese de dibujos animados. Un looney-tooney más. Eso sí, ojalá Michael tuviese la misma poción mágica que en la película para dársela a sus compañeros en los Wizards. Por que esos lo más parecido a los dibujos animados que han visto es a Popeye... pero Popeye Jones. Y de hecho, son bastante Brutus.

No sé lo que pasará al final de esta aventura. No sé si alguien cometerá la blasfemia de querer mancillar una carrera como la de Jordan, por muy mal que le vayan las cosas este año. De hecho, no sé si el mismísimo Michael se arrepentirá al final de lo que ha hecho. Lo dudo. Pero lo cierto es que vamos a disfrutar otra vez. Así que, gracias Michael por volver. Y gracias sobre todo, porque a pesar de estar desencantado, tu vuelta me ha permitido volver a escribir sobre baloncesto.

 

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