| Es un
tópico, lo sé, pero lo diré...
¡qué rápido pasa el tiempo!
(decirlo en latín suena aún
más trágico: tempus
irreparabili fugit). Y es
que parece que los Juegos
Olímpicos de Barcelona 1992 se
hubiesen celebrado hace... dos
lustros. El tiempo es relativo.
En vano intento hacer memoria de
lo que viví hace una década. Es
imposible. Las personas no
memorizamos, no recordamos, sino
que imaginamos, reinterpretamos.
Algunos historiadores dicen que
cada generación reinterpreta la
Historia; otros, que la escriben
los vencedores. Yo, francamente,
me quedo con los primeros. Así
pues, esta tediosa introducción
que escribo me ha de servir para
anclar en el tiempo mi
pensamiento acerca del décimo
aniversario de los Juegos de la
XXV Olimpiada (ya saben, el
período de cuatro años
comprendido entre unos JJ.OO. y
los siguientes). ¡Lástima no
haber hecho lo mismo en su
momento! Y es que,
exactamente, en el día de hoy de
hace 10 años (el sábado 25 de
julio de 1992) arrancó la
mencionada competición
deportiva. Se había hecho
esperar. ¿Recuerdan la
expresión "esto para el
92"? Ese año iba a ser la
panacea de los españoles, todo
sería felicidad y los problemas
del país se arreglarían. El
sarcasmo de Els Joglars, en el
programa de TVE Ya semos
europeos, reflejaba
perfectamente lo que era el
92. (En la ciudad de
Barcelona todavía se espera que
el metro llegue a la montaña
mágica de Montjuïc, entre
otras cosas.) Y además, ese año
tuvimos la Expo de Sevilla.
Acontecimiento de menor rango y
repercusión en el ámbito
mundial al que se le dio la misma
importancia (y todavía no sé el
porqué) que a la cita
barcelonesa. En cualquier caso,
la cosecha de ese año fue buena,
sobre todo para los habitantes de
la Ciudad Condal.
Hablemos
ya del deporte, que en definitiva
es lo que nos importa. Barcelona
1992 supone el mayor éxito del
deporte español, tanto en lo
extrictamente deportivo, por el
número de medallas y diplomas;
como en lo organizativo (nos
quitamos, en parte, el tic de lolailo-lolailo),
recuerden aquello de "los
mejores Juegos" pronunciado
por el barcelonés Samaranch.
Sobre esto último tiene guasa la
cosa porque hoy en día sería
muy raro que hubiese una
involución (en lugar de una
evolución) de una edición a
otra. Aunque Atlanta 1996 se
encargaría de desmentir, por su
nefasta organización, este
esquema, según cuentan algunos
de los que estuvieron allí.
Uno
de los nuestros, una persona de basket
como Juan Antonio San Epifanio
(cuando pienso que pudo ser
Aranchita Sánchez Vicario me...
bueno, mejor no pensar), tuvo el
honor de llevar el fuego sagrado al
bueno de Rebollo (¿por qué
nos tendría que caer mal este
arquero?) para que éste de un
flechazo encendiese nuestra
pasión olímpica, esto es, el
pebetero (yo, como muchos,
aprendí ese vocablo entonces).
¡Magnífica idea lo del arquero
y la flecha!, pero tengo un pero.
Los esforzados relevistas traen
un fuego sagrado desde unos
cuantos miles de kilómetros...
¡sólo para que al final sean
los técnicos de la
compañía del gas quienes
lo enciendan! Entiendo que era la
única manera de hacerlo, pero
saber que el fuego de Olimpia no
fue el que encendió el pebetero
me causa una decepción
comparable a la que siente un
niño cuando le desvelan un truco
de magia.
Epi
dio la asistencia de su vida (el
batacazo vendría poco después)
mientras los comentaristas de una
televisión estadounidense (creo
que la NBC, pero esto no lo puedo
asegurar) se mofaban de la cutrez
del acto al sugerir que no
teníamos suficiente presupuesto
para hacer algo mejor.
¿Recuerdan [me dirijo a los
lectores más viejos del lugar] a
los hombres voladores de Los
Ángeles 1984? Enternecedor,
¿verdad? Los tipos de aquella
televisión norteamericana
debían esperar que sacásemos a su
Schwarzenegger (de buena se
libraron los austríacos, si
facturasen a Haider a EE.UU.
-lugar en el que no desentonaría
su discurso- tendrían un
idílico país) en plan Hércules-no-del-Mediterráneo-sino-en-plan-veterano-del-Vietnam.
Y
cuatro años después, en
Atlanta, presumían de imitar a
Barcelona. Pues el encendido del
pebetero os quedó divino...
¡hasta con atleta paraolímpico
y todo! (Merecido y tardío
homenaje a Muhammad Ali. ¿Dónde
se había escondido el COI hasta
entonces? ¿Por qué no le
entregaron la réplica de la
famosa medalla de oro mucho
antes, cuando sufría el acoso
del sistema clasista de su
país?).
Gran
parte del éxito vino de la mano
del plan ADO (Ayuda para el
Deporte Olímpico). Gracias a
esas becas nuestros deportistas
no profesionales (es decir, la
mayoría) pudieron dedicarse a
entrenar al tener resuelta
ya su manutención. Evidentemente
el ADO no garantizaba el éxito,
pero también es evidente que sin
ADO habríamos rascado muchas
menos medallas. La experiencia de
España 1982 no se podía volver
a repetir, ya que lo único que
no se espera del anfitrión es el
fracaso. Tras la cita de
Barcelona la inversión (nunca
gasto o despilfarro) económica
para las becas se redujo, y ello
se notó en los resultados.
Flores
de un día fueron Javier García
Chico (bronce en salto con
pértiga y superando al entonces
ya mítico Sergei Bubka), Antonio
Peñalver (plata en decatlón y
posteriormente hombre-anuncio de
Cola Cao), y la selección
femenina de hockey sobre hierba
(las chicas de oro
pasaron de campeonas en 1992 a
últimas en 1996); pero también
tenemos el caso contrario, porque
Fermín Cacho (sí, el del cruel
chiste del cacho de Fermín)
empezó a forjar su leyenda en el
tartán del Estadio Olímpico
(oro en 1.500 metros, la que a
mí juicio es la prueba reina del
atletismo), y en las piscinas
Picornell, los del waterpolo
ganaban una plata con sabor a
oro. Y aunque parezca una broma
que lo diga, la actuación del
equipo masculino de voleibol,
capitaneado por Rafa Pascual, fue
magnífica (una octava plaza que
se podría comparar a las gestas
del Numancia o del Figueres en la
Copa del Rey de fútbol).
Del
torneo olímpico de baloncesto,
por descontado, me quedo con el
Dream Team... pero sin Christian,
de apellido Laettner-que-me-dejo-llevar.
¡Pudiendo haber seleccionado a
Shaquille O'Neal... si es que era
realmente necesario traer a
alguien representando a la NCAA!
Y también, con la Croacia de
Petrovic. Por cierto, quienes
vivimos y trabajamos en Cataluña
podremos ver de nuevo esta gran y
trepidante final (¿quién conoce
finales que no lo sean?, ¿esto
quiere decir que en un texto
futuro dejaremos de poner siempre
los adjetivos "gran",
"trepidante" y
derivados, al lado del nombre
"final", cuya sólida
unión es más fuerte que la del
sagrado matrimonio católico -y
mira que cuesta lo suyo que el
Tribunal de la Rota falle en
favor de uno-? Para otra vez,
intentemos eludir estos tópicos
redundantes que no aportan nada)
gracias a la televisión
autonómica. Vayamos preparando
una cinta de VHS para ello, no
vaya a ser que nos pille el toro,
porque TVC anunció hace unos
días que en la madrugada del
miércoles al jueves 1 de agosto
emitirá de nuevo la final
olímpica de 1992 (a la 1.30,
claro, porque en prime time
ya habría sido pedir demasiado).
Puestos
a reponer viejas retransmisiones,
también podría reponerse el
programa que por entonces trató
la historia de nuestro deporte,
el baloncesto: ¡Chócala!
(TVE).
¿Se
imaginan que el partido decisivo
hubiese sido entre Estados Unidos
y la antigua Yugoslavia? Slobodan
Milosevic, en primer lugar (por
reiniciar el genocidio en los
Balcanes), y el Consejo de
Seguridad de la ONU (cuyo
parecido con el Bureau Central de
la FIBA, y con cualquier otro
órgano máximo de decisión de
una organización deportiva, es
asombroso), en segundo (por
decretar las sanciones
deportivas), nos privaron de
ello. (No hablaré ahora del
múltiple rasero de la llamada
comunidad internacional cuando
decreta según que cosas, pues
creo que ya somos mayorcitos para
entender -con permiso de Ignacio
Ramonet y su concepto del
"descarrilamiento
mediático"- lo que vemos en
los teleinformativos y leemos en
la prensa. La radio se la dejamos
a las troupes de García
y De la Morena.) Que los de color
plavi habrían perdido
está claro. Pero cómo y por
cuánto. Y lo mismo podríamos
decir de la Unión Soviética.
¿Qué
es lo que falta por decir, y que
por tanto no se haya dicho ya,
del angolazo? Pues no
creo que haya gran cosa por
decir, salvo que un servidor (que
irresponsablemente prefirió
salir a tomar el aire a ver el
partido porque no contaba con lo
imposible: "¿Cómo vamos a
perder contra Angola?".
Frase que repetiría dos años
después cambiando
"Angola" por
"China"... y es que hay
gente a la que nos cuesta
aprender las cosas... pero es que
era un joven de 12 años)
descubrió el baloncesto
femenino, buscando la manera de
sublimar el dolor que sentía en
su interior. Que yo recuerde...
¡perdón!, imagine... el primer
partido femenino que vi fue un
España-China (perdimos por 63 a
66, y como era un no iniciado
tampoco podía creer que
volviésemos a perder -y
quedarnos así a las puertas de
algo grande- con otro país del
Tercer Mundo, en este caso sólo
del mundo de la canasta. Aunque
nos cueste, hemos de quitarnos de
una vez por todas el darwinismo
social que tenemos los
occidentales).
Las
personas ante la ausencia de algo
o alguien intentamos buscar un
sustituto. En Atlanta 1996
intentaba creer que los Garralda,
Urdiales, Masip... en lugar de
tirar a puerta lo hacían a
canasta. Huelga decir que
nuestros baloncestistas
internacionales vieron los Juegos
en sus respectivas casas a
través del televisor por primera
vez desde Montreal 1976.
En
el caso de nuestras chicas, la
cosa no fue tan grave porque
Barcelona 1992 ha sido nuestra
única experiencia olímpica... y
esperemos que no sea la última.
Nuestra selección femenina
entraría en la categoría de los
Cacho, Estiarte, Pascual, Massana
(aunque te quedaste en puertas de
la medalla de plata, te la
merecías), porque a partir de
entonces empezamos a entrar
asiduamente en los kotleberos
sorteos de las grandes
competiciones de la FIBA (aunque
no hay que olvidar el porrazo del
Preeuropeo de Croacia en 1998,
pero nos consuela saber que sólo
los equipos importantes los
tienen). El 92 no
enseñó a jugar a nuestras
mujeres, pero no nos faltaría
razón si decimos que hay un
antes y un después de ese año.
Al
año siguiente vino el primer oro
en categoría absoluta para una
selección española de
baloncesto (sin contar, porque no
he sabido encontrar el medallero,
con las actuaciones en los Juegos
del Mediterráneo, que aunque
ahora están descafeinados, no
dejan de ser una competición de
selecciones "A"), fue
en Italia 1993. Tras el palo de
Welp (sería injusto decir que
por la temblorosa mano de Nacho Curro
Romero Azofra en los tiros
libres) en los cuartos de final
del Europeo masculino, salté de
alegría tras la final de
Perugia. Desde entonces el
interés por el baloncesto
femenino me empezó a brotar y el
impulso definitivo se produjo
cuando empezé a dedicarme al
periodismo deportivo. Pero no hay
que equivocarse al poner
apellidos al baloncesto, porque
da igual el oro de Lisboa, que el
bronce de Francia y que la plata
de Los Ángeles. En definitiva,
si a uno le gusta esto
de verdad, la categoría (sexo,
edad...) de un partido es lo de
menos.
Desde
la Sociología se dice que las
fiestas sirven para fomentar
vínculos afectivos entre una
comunidad. Y la persona humana es
un animal que necesita vivir en
compañía. Celebrar el décimo
aniversario de los Juegos de
Barcelona está muy bien pero no
hemos de caer en aquello de que
"cualquier tiempo pasado fue
mejor". Nostalgia sí, pero
poca.
Caminante,
son tus huellas / el camino, y
nada más; / caminante, no hay
camino, / se hace camino al
andar. / Al andar se hace el
camino, / y al volver la vista
atrás / se ve la senda que nunca
/ se ha de volver a pisar. /
Caminante, no hay camino, / sino
estelas en el mar. ANTONIO
MACHADO
Por
ello ya cuento los días que
restan para el salto inicial en
Indianapolis (teniendo a Superpau
nos vamos a comer el mundo), para
China 2002 (ni Shannon Johnson,
ni Janeth Arcain, ni Lauren
Jackson, ni historias: spanish-girl-power),
para Grecia (tanto el Eurobasket
de 2003 como los JJ.OO. de 2004,
y un consejo para aquellos que
vayan: tened cuidado con los
taxistas) y me gustaría tener en
mente el Mundial Junior de
Malaisia del año que viene, pero
como no nos hemos clasificado no
creo que pueda ver algún
partido. En fin... caminante no
hay camino, se hace camino al
andar.
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