OPINIÓN

     

Jueves, 25-07-2002
IVÁN SERRES
Subdirector de masBasket

Saskat


Memorias de Barcelona 1992
 
Es un tópico, lo sé, pero lo diré... ¡qué rápido pasa el tiempo! (decirlo en latín suena aún más trágico: tempus irreparabili fugit). Y es que parece que los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 se hubiesen celebrado hace... dos lustros. El tiempo es relativo. En vano intento hacer memoria de lo que viví hace una década. Es imposible. Las personas no memorizamos, no recordamos, sino que imaginamos, reinterpretamos. Algunos historiadores dicen que cada generación reinterpreta la Historia; otros, que la escriben los vencedores. Yo, francamente, me quedo con los primeros. Así pues, esta tediosa introducción que escribo me ha de servir para anclar en el tiempo mi pensamiento acerca del décimo aniversario de los Juegos de la XXV Olimpiada (ya saben, el período de cuatro años comprendido entre unos JJ.OO. y los siguientes). ¡Lástima no haber hecho lo mismo en su momento!

Y es que, exactamente, en el día de hoy de hace 10 años (el sábado 25 de julio de 1992) arrancó la mencionada competición deportiva. Se había hecho esperar. ¿Recuerdan la expresión "esto para el 92"? Ese año iba a ser la panacea de los españoles, todo sería felicidad y los problemas del país se arreglarían. El sarcasmo de Els Joglars, en el programa de TVE Ya semos europeos, reflejaba perfectamente lo que era el 92. (En la ciudad de Barcelona todavía se espera que el metro llegue a la montaña mágica de Montjuïc, entre otras cosas.) Y además, ese año tuvimos la Expo de Sevilla. Acontecimiento de menor rango y repercusión en el ámbito mundial al que se le dio la misma importancia (y todavía no sé el porqué) que a la cita barcelonesa. En cualquier caso, la cosecha de ese año fue buena, sobre todo para los habitantes de la Ciudad Condal.

Hablemos ya del deporte, que en definitiva es lo que nos importa. Barcelona 1992 supone el mayor éxito del deporte español, tanto en lo extrictamente deportivo, por el número de medallas y diplomas; como en lo organizativo (nos quitamos, en parte, el tic de lolailo-lolailo), recuerden aquello de "los mejores Juegos" pronunciado por el barcelonés Samaranch. Sobre esto último tiene guasa la cosa porque hoy en día sería muy raro que hubiese una involución (en lugar de una evolución) de una edición a otra. Aunque Atlanta 1996 se encargaría de desmentir, por su nefasta organización, este esquema, según cuentan algunos de los que estuvieron allí.

Uno de los nuestros, una persona de basket como Juan Antonio San Epifanio (cuando pienso que pudo ser Aranchita Sánchez Vicario me... bueno, mejor no pensar), tuvo el honor de llevar el fuego sagrado al bueno de Rebollo (¿por qué nos tendría que caer mal este arquero?) para que éste de un flechazo encendiese nuestra pasión olímpica, esto es, el pebetero (yo, como muchos, aprendí ese vocablo entonces). ¡Magnífica idea lo del arquero y la flecha!, pero tengo un pero. Los esforzados relevistas traen un fuego sagrado desde unos cuantos miles de kilómetros... ¡sólo para que al final sean los técnicos de la compañía del gas quienes lo enciendan! Entiendo que era la única manera de hacerlo, pero saber que el fuego de Olimpia no fue el que encendió el pebetero me causa una decepción comparable a la que siente un niño cuando le desvelan un truco de magia.

Epi dio la asistencia de su vida (el batacazo vendría poco después) mientras los comentaristas de una televisión estadounidense (creo que la NBC, pero esto no lo puedo asegurar) se mofaban de la cutrez del acto al sugerir que no teníamos suficiente presupuesto para hacer algo mejor. ¿Recuerdan [me dirijo a los lectores más viejos del lugar] a los hombres voladores de Los Ángeles 1984? Enternecedor, ¿verdad? Los tipos de aquella televisión norteamericana debían esperar que sacásemos a su Schwarzenegger (de buena se libraron los austríacos, si facturasen a Haider a EE.UU. -lugar en el que no desentonaría su discurso- tendrían un idílico país) en plan Hércules-no-del-Mediterráneo-sino-en-plan-veterano-del-Vietnam.

Y cuatro años después, en Atlanta, presumían de imitar a Barcelona. Pues el encendido del pebetero os quedó divino... ¡hasta con atleta paraolímpico y todo! (Merecido y tardío homenaje a Muhammad Ali. ¿Dónde se había escondido el COI hasta entonces? ¿Por qué no le entregaron la réplica de la famosa medalla de oro mucho antes, cuando sufría el acoso del sistema clasista de su país?).

Gran parte del éxito vino de la mano del plan ADO (Ayuda para el Deporte Olímpico). Gracias a esas becas nuestros deportistas no profesionales (es decir, la mayoría) pudieron dedicarse a entrenar al tener resuelta ya su manutención. Evidentemente el ADO no garantizaba el éxito, pero también es evidente que sin ADO habríamos rascado muchas menos medallas. La experiencia de España 1982 no se podía volver a repetir, ya que lo único que no se espera del anfitrión es el fracaso. Tras la cita de Barcelona la inversión (nunca gasto o despilfarro) económica para las becas se redujo, y ello se notó en los resultados.

Flores de un día fueron Javier García Chico (bronce en salto con pértiga y superando al entonces ya mítico Sergei Bubka), Antonio Peñalver (plata en decatlón y posteriormente hombre-anuncio de Cola Cao), y la selección femenina de hockey sobre hierba (las chicas de oro pasaron de campeonas en 1992 a últimas en 1996); pero también tenemos el caso contrario, porque Fermín Cacho (sí, el del cruel chiste del cacho de Fermín) empezó a forjar su leyenda en el tartán del Estadio Olímpico (oro en 1.500 metros, la que a mí juicio es la prueba reina del atletismo), y en las piscinas Picornell, los del waterpolo ganaban una plata con sabor a oro. Y aunque parezca una broma que lo diga, la actuación del equipo masculino de voleibol, capitaneado por Rafa Pascual, fue magnífica (una octava plaza que se podría comparar a las gestas del Numancia o del Figueres en la Copa del Rey de fútbol).

Del torneo olímpico de baloncesto, por descontado, me quedo con el Dream Team... pero sin Christian, de apellido Laettner-que-me-dejo-llevar. ¡Pudiendo haber seleccionado a Shaquille O'Neal... si es que era realmente necesario traer a alguien representando a la NCAA! Y también, con la Croacia de Petrovic. Por cierto, quienes vivimos y trabajamos en Cataluña podremos ver de nuevo esta gran y trepidante final (¿quién conoce finales que no lo sean?, ¿esto quiere decir que en un texto futuro dejaremos de poner siempre los adjetivos "gran", "trepidante" y derivados, al lado del nombre "final", cuya sólida unión es más fuerte que la del sagrado matrimonio católico -y mira que cuesta lo suyo que el Tribunal de la Rota falle en favor de uno-? Para otra vez, intentemos eludir estos tópicos redundantes que no aportan nada) gracias a la televisión autonómica. Vayamos preparando una cinta de VHS para ello, no vaya a ser que nos pille el toro, porque TVC anunció hace unos días que en la madrugada del miércoles al jueves 1 de agosto emitirá de nuevo la final olímpica de 1992 (a la 1.30, claro, porque en prime time ya habría sido pedir demasiado).

Puestos a reponer viejas retransmisiones, también podría reponerse el programa que por entonces trató la historia de nuestro deporte, el baloncesto: ¡Chócala! (TVE).

¿Se imaginan que el partido decisivo hubiese sido entre Estados Unidos y la antigua Yugoslavia? Slobodan Milosevic, en primer lugar (por reiniciar el genocidio en los Balcanes), y el Consejo de Seguridad de la ONU (cuyo parecido con el Bureau Central de la FIBA, y con cualquier otro órgano máximo de decisión de una organización deportiva, es asombroso), en segundo (por decretar las sanciones deportivas), nos privaron de ello. (No hablaré ahora del múltiple rasero de la llamada comunidad internacional cuando decreta según que cosas, pues creo que ya somos mayorcitos para entender -con permiso de Ignacio Ramonet y su concepto del "descarrilamiento mediático"- lo que vemos en los teleinformativos y leemos en la prensa. La radio se la dejamos a las troupes de García y De la Morena.) Que los de color plavi habrían perdido está claro. Pero cómo y por cuánto. Y lo mismo podríamos decir de la Unión Soviética.

¿Qué es lo que falta por decir, y que por tanto no se haya dicho ya, del angolazo? Pues no creo que haya gran cosa por decir, salvo que un servidor (que irresponsablemente prefirió salir a tomar el aire a ver el partido porque no contaba con lo imposible: "¿Cómo vamos a perder contra Angola?". Frase que repetiría dos años después cambiando "Angola" por "China"... y es que hay gente a la que nos cuesta aprender las cosas... pero es que era un joven de 12 años) descubrió el baloncesto femenino, buscando la manera de sublimar el dolor que sentía en su interior. Que yo recuerde... ¡perdón!, imagine... el primer partido femenino que vi fue un España-China (perdimos por 63 a 66, y como era un no iniciado tampoco podía creer que volviésemos a perder -y quedarnos así a las puertas de algo grande- con otro país del Tercer Mundo, en este caso sólo del mundo de la canasta. Aunque nos cueste, hemos de quitarnos de una vez por todas el darwinismo social que tenemos los occidentales).

Las personas ante la ausencia de algo o alguien intentamos buscar un sustituto. En Atlanta 1996 intentaba creer que los Garralda, Urdiales, Masip... en lugar de tirar a puerta lo hacían a canasta. Huelga decir que nuestros baloncestistas internacionales vieron los Juegos en sus respectivas casas a través del televisor por primera vez desde Montreal 1976.

En el caso de nuestras chicas, la cosa no fue tan grave porque Barcelona 1992 ha sido nuestra única experiencia olímpica... y esperemos que no sea la última. Nuestra selección femenina entraría en la categoría de los Cacho, Estiarte, Pascual, Massana (aunque te quedaste en puertas de la medalla de plata, te la merecías), porque a partir de entonces empezamos a entrar asiduamente en los kotleberos sorteos de las grandes competiciones de la FIBA (aunque no hay que olvidar el porrazo del Preeuropeo de Croacia en 1998, pero nos consuela saber que sólo los equipos importantes los tienen). El 92 no enseñó a jugar a nuestras mujeres, pero no nos faltaría razón si decimos que hay un antes y un después de ese año.

Al año siguiente vino el primer oro en categoría absoluta para una selección española de baloncesto (sin contar, porque no he sabido encontrar el medallero, con las actuaciones en los Juegos del Mediterráneo, que aunque ahora están descafeinados, no dejan de ser una competición de selecciones "A"), fue en Italia 1993. Tras el palo de Welp (sería injusto decir que por la temblorosa mano de Nacho Curro Romero Azofra en los tiros libres) en los cuartos de final del Europeo masculino, salté de alegría tras la final de Perugia. Desde entonces el interés por el baloncesto femenino me empezó a brotar y el impulso definitivo se produjo cuando empezé a dedicarme al periodismo deportivo. Pero no hay que equivocarse al poner apellidos al baloncesto, porque da igual el oro de Lisboa, que el bronce de Francia y que la plata de Los Ángeles. En definitiva, si a uno le gusta esto de verdad, la categoría (sexo, edad...) de un partido es lo de menos.

Desde la Sociología se dice que las fiestas sirven para fomentar vínculos afectivos entre una comunidad. Y la persona humana es un animal que necesita vivir en compañía. Celebrar el décimo aniversario de los Juegos de Barcelona está muy bien pero no hemos de caer en aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Nostalgia sí, pero poca.

Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace el camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino, / sino estelas en el mar. ANTONIO MACHADO

Por ello ya cuento los días que restan para el salto inicial en Indianapolis (teniendo a Superpau nos vamos a comer el mundo), para China 2002 (ni Shannon Johnson, ni Janeth Arcain, ni Lauren Jackson, ni historias: spanish-girl-power), para Grecia (tanto el Eurobasket de 2003 como los JJ.OO. de 2004, y un consejo para aquellos que vayan: tened cuidado con los taxistas) y me gustaría tener en mente el Mundial Junior de Malaisia del año que viene, pero como no nos hemos clasificado no creo que pueda ver algún partido. En fin... caminante no hay camino, se hace camino al andar.

 

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