| Son las tres de la
mañana y en apenas siete horas
vuelo hacia París, para después
coger el tren hasta Orleans, una
subsede del acontecimiento ha de
ser la confirmación del tan
cacareado progreso del baloncesto
femenino. Nos jugamos mucho en el
Eurobasket de Francia. España
necesita una medalla para llamar
la atención de los medios y, en
consecuencia, de la opinión del
público no entendido. Algo así
como lo que sucedió en Perugia,
donde hasta un diario tan remiso
con el baloncesto como era, y
sigue siendo, Sport
dedicó toda una página a
relatar la victoria en la final.
Y eso es lo único que importa:
volver haciendo ruido.
(Se entiende que del positivo.)
Quiero,
y necesito, ver en algún
informativo de televisión la
imagen de Lourdes Peláez o de
Betty Cebrián empujando un
carrito con una medalla en su
cuello al salir de la terminal
del aeropuerto de Barajas.
Quiero, y necesito, ver
aficionados (aunque no sean
muchos) recibiéndolas, porque me
es indispensable creer que todas
estas palabras ("El
baloncesto femenino está
progresando") no son
mentiras con las que se nos llena
la boca.
¿Y
si volvemos sin medalla? Pues
menuda faena... Olvídense de
cámaras, de aficionados
(familiares aparte)... de
progreso, en definitiva. El
baloncesto femenino ha de dar el
salto final con el trampolín del
Europeo. Los partidos en
Televisión (a la) Española nos
esperan de regreso.
Pero,
tranquilos, con esta selección y
con su mentalidad me iría hasta
el fin del mundo. Yo me dispongo
a vibrar en cada partido. Me
llevo la camiseta de España que
una gran amiga tuvo el acierto de
regalarme y me la voy a poner.
Por desgracia, España tendrá a
un solo forofo (padres aparte).
Prometo dejarme la garganta...
Bueno,
esto lo podrán leer aquí todos
los días. Que un servidor se va
a Orleans. ¡Dios, qué tarde
es...!
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