| En cierta
ocasión, Luis Buñuel formulaba
desde su temporal refugio en
París una pregunta a su amigo
Pepín Bello tan sutil como
siempre lo ha sido este genial
director de cine: "¿Con
qué subsistes y con qué
persistes?". Esa diferencia
entre subsistencia y persistencia
es tan fácil de extrapolar al
baloncesto femenino que me
pregunto cómo no me habían dado
ganas de hablar de eso. Veamos,
la persistencia del baloncesto
femenino consiste en tener 50
millones (de pesetas) y
gastárselos todo en jugadoras o
en lo que sea, pero gastárselos
al fin y al cabo en rendimientos
inmediatos. No se mira el poder
establecer un proyecto a dos,
tres o más años vista y no
hablo de proyectos deportivos.
Hablo de estructuras, de
inversiones. Es preferible tener
cinco millones, gastándose
cuatro en Fulanita de Tal y uno
en publicidad, que no gastarse
cinco en Menganita de Zutano y
que nadie sepa que está jugando
en ese equipo.
La
mayor parte de nuestro baloncesto
se basa en proyectos de
resultados tan inmediatos que da
la sensación de que el dinero se
esfuma en banalidades. En este
mundo cuya duración es anual (el
95% de los contratos tienen esta
periodicidad) frecuentemente se
obvia el invertir dinero en una
serie de acciones que a medio
plazo te puede dar no la
subsistencia, sino la
persistencia. La diferencia es
tan sutil como preocupante.
Se
necesita equilibrar presupuestos
para comer ahora y para plantar
un huerto. ¿De qué me sirve a
mí gastarme 10 euros en caviar
si mañana no tengo para comprar
gominolas?
En
este terreno entran los
presidentes-patriarcas. Aquí la
cosa se vuelve grave. Bienvenidos
sean hasta cierto punto, porque
existe un enorme riesgo al tener
este tipo de dirigentes. Pongamos
que el patriarca decide irse con
la música a otra parte: ¿Qué
pasa con este equipo?, pues lo
que pasó con Guimaraens; que en
Valencia pudieron encontrar a
otro patriarca (de menor entidad,
pero también de buen corazón) y
que en Getafe desapareció aquel
magnífico pool de
estrellas.
Ocurre
que esta megalocefalia en los
clubes se confunde,
equivocadamente, con prácticas
del feudalismo medieval. Desde
torreones rociando aceite
hirviendo, el ordeno y mando
porque tengo el dinero aún
existe. Y así no funcionan las
cosas.
Es
lo bueno de la democracia, que
comporta el sentido común.
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