| Recorrió la mitad
de la cancha ante la impotencia
de sus defensoras y encaró la
canasta con una sola idea en su
cabeza. Coordinó su salto,
extendió su brazo derecho y,
acompañando el balón, por
debajo del límite vertical
encontró un aro que cedió ante
su objetivo. Lisa Leslie logró
el ansiado primer mate en la WNBA
y el mundillo se volvió
casi-histérico (más al otro
lado del charco que aquí). Se
había alcanzado un hito
histórico, casi sin precedentes,
casi bizarro... ¿Y ahora qué? Unas
semanas después el baloncesto
femenino sigue igual. El mate de
Leslie es y seguirá siendo una
acción excepcional y en el
momento en que alguna jugadora se
vuelva a colgar volverán los flashes
y los focos. Hasta entonces, se
seguirá en una particular vía
por el desierto.
Sí.
Esta semana hablaré del mate.
Dejemos
a un lado las cuestiones sobre la
constitución física de la mujer
y sus capacidades máximas. Es en
esta parcela del juego donde el
baloncesto femenino es y se
siente diferente del masculino.
La jugadora sigue viendo el aro
como aquello que nunca llegará a
tocar y, por lo tanto, no lo
intentará. Parece que el
baloncesto femenino juega en
pabellones cuyo techo está
situado a 3,05 metros y se acaba
por obtener un juego de sentido
horizontal. ¿Cuántas jugadoras
conocen ustedes que hayan no ya
probado el mate sino sólo
saltado para comprobar la altura
de su salto? Pocas, por no decir
ninguna.
El
mate (el sentido vertical) no
existe en el baloncesto femenino
por una simple cuestión de
mentalidad. Nosotros mismos
(entrenadores, aficionados,
periodistas...) nos hemos trazado
una pauta en la cual se ignora su
capacidad de salto y buscamos
otros aspectos del juego más
sobrios y prácticos. No
esperamos de la mujer que pueda
hundirla. Y puede hacerlo más
habitualmente de lo que pensamos.
Sólo hay que ser ambicioso en
este sentido.
¿Qué
hubiera pasado si aquel enano de
1,60 metros llamado Spud Webb no
se hubiera propuesto machacar?
Que nunca habría tocado ni la
red. Desde luego que ahora no
encontraríamos a Leslies ni a
Crawleys en cada cancha del
mundo, pero alguna saldría de
ese armario a medio-largo plazo.
Porque el salto es una cualidad
entrenable, basada en la
constancia y en la repetición
para ir alcanzando niveles
paulatinamente más altos. Y en
este hecho no hay diferencias
entre hombres y mujeres.
Pero,
¿necesita el baloncesto femenino
a jugadoras que sean capaces de
hundirla? Desde un punto de vista
meramente técnico, no. El juego
desarrollado por la élite es
puro, ordenado, con un concepto
casi único del colectivo, donde
la calidad individual no es tan
determinante (salvo en algunas
excepciones) como en la NBA, por
poner un paradigma del baloncesto
individualista y pobre
tácticamente. Ése es el
espectáculo del baloncesto
femenino.
Ahora
bien, está visto que este
baloncesto, por desgracia, no
acaba de cuajar como producto
mediático. El concepto general
de espectáculo está demasiado
asociado a los mates brutales, a
los tapones de la fila 15, a la
electricidad, es decir, al
baloncesto masculino (a la NBA,
vamos). Y por mucho que se
prevenga, siempre se acaba por
comparar. Por eso, el mate es
necesario para vender el
producto, para captar más
adeptos...
Potenciar
la saltabilidad de la jugadora
(ya sea con el objetivo de lograr
un mate o no) para generar un
juego más vertical será
bienvenido (y bienvendible)
siempre y cuando el juego no
pierda su concepto colectivo.
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