OPINIÓN

     

Jueves, 22-08-2002
ÓSCAR CUESTA
Director de masBasket

A Mi Aire


A propósito de Leslie
 
Recorrió la mitad de la cancha ante la impotencia de sus defensoras y encaró la canasta con una sola idea en su cabeza. Coordinó su salto, extendió su brazo derecho y, acompañando el balón, por debajo del límite vertical encontró un aro que cedió ante su objetivo. Lisa Leslie logró el ansiado primer mate en la WNBA y el mundillo se volvió casi-histérico (más al otro lado del charco que aquí). Se había alcanzado un hito histórico, casi sin precedentes, casi bizarro... ¿Y ahora qué?

Unas semanas después el baloncesto femenino sigue igual. El mate de Leslie es y seguirá siendo una acción excepcional y en el momento en que alguna jugadora se vuelva a colgar volverán los flashes y los focos. Hasta entonces, se seguirá en una particular vía por el desierto.

Sí. Esta semana hablaré del mate.

Dejemos a un lado las cuestiones sobre la constitución física de la mujer y sus capacidades máximas. Es en esta parcela del juego donde el baloncesto femenino es y se siente diferente del masculino. La jugadora sigue viendo el aro como aquello que nunca llegará a tocar y, por lo tanto, no lo intentará. Parece que el baloncesto femenino juega en pabellones cuyo techo está situado a 3,05 metros y se acaba por obtener un juego de sentido horizontal. ¿Cuántas jugadoras conocen ustedes que hayan no ya probado el mate sino sólo saltado para comprobar la altura de su salto? Pocas, por no decir ninguna.

El mate (el sentido vertical) no existe en el baloncesto femenino por una simple cuestión de mentalidad. Nosotros mismos (entrenadores, aficionados, periodistas...) nos hemos trazado una pauta en la cual se ignora su capacidad de salto y buscamos otros aspectos del juego más sobrios y prácticos. No esperamos de la mujer que pueda hundirla. Y puede hacerlo más habitualmente de lo que pensamos. Sólo hay que ser ambicioso en este sentido.

¿Qué hubiera pasado si aquel enano de 1,60 metros llamado Spud Webb no se hubiera propuesto machacar? Que nunca habría tocado ni la red. Desde luego que ahora no encontraríamos a Leslies ni a Crawleys en cada cancha del mundo, pero alguna saldría de ese armario a medio-largo plazo. Porque el salto es una cualidad entrenable, basada en la constancia y en la repetición para ir alcanzando niveles paulatinamente más altos. Y en este hecho no hay diferencias entre hombres y mujeres.

Pero, ¿necesita el baloncesto femenino a jugadoras que sean capaces de hundirla? Desde un punto de vista meramente técnico, no. El juego desarrollado por la élite es puro, ordenado, con un concepto casi único del colectivo, donde la calidad individual no es tan determinante (salvo en algunas excepciones) como en la NBA, por poner un paradigma del baloncesto individualista y pobre tácticamente. Ése es el espectáculo del baloncesto femenino.

Ahora bien, está visto que este baloncesto, por desgracia, no acaba de cuajar como producto mediático. El concepto general de espectáculo está demasiado asociado a los mates brutales, a los tapones de la fila 15, a la electricidad, es decir, al baloncesto masculino (a la NBA, vamos). Y por mucho que se prevenga, siempre se acaba por comparar. Por eso, el mate es necesario para vender el producto, para captar más adeptos...

Potenciar la saltabilidad de la jugadora (ya sea con el objetivo de lograr un mate o no) para generar un juego más vertical será bienvenido (y bienvendible) siempre y cuando el juego no pierda su concepto colectivo.

 

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