| No hay
nada que carezca de sentido. Por
lo que ahora sabemos, poder
practicar deporte allí con un
mínimo de garantías
competitivas es algo casi único
en el mundo. Romário da Souza
dijo que estaba aquí por Cristo;
Borja Vidal Fernández está en
el baloncesto por voluntad
propia. Allí, en Pontigón, un
pueblecito asturiano de apenas
una treintena de habitantes,
tenía que hacer cada día 240
kilómetros para poder estudiar y
jugar. Borja soñaba con un día
importante, adaptándose lo mejor
que sabía a una situación con
muchas incógnitas en aquellos
momentos. Tenía 15 años y era
como Shaquille O'Neal, pero
alimentado con fabada: pesaba 140
kilos. Los
desplazamientos a Avilés siempre
fueron especiales para él. Iba y
venía como si tal cosa, sin
reparar todavía en la
reproducida sentencia del
escritor y dramaturgo Samuel
Beckett: "No hay partido de
vuelta entre el hombre y su
destino". Su jornada
empezaba a las seis y media de la
mañana. Hacía 60 kilómetros
para ir a la escuela y 60 más
para regresar al pueblo. A media
tarde, su padre le acompañaba al
entrenamiento de su equipo cadete
avilesino y volvía a hacer otra
vez los 120 kilómetros de ida y
vuelta. Total: 240 kilómetros
diarios. Un artículo sobre Borja
publicado en el diario La
Nueva España de Oviedo
llamó la atención del programa Dossier,
de Manuel Giménez, en TVE. Le
hicieron un reportaje.
Hacer
deporte, hacer baloncesto, es
explorar también territorios
desconocidos. La esposa del
entonces directivo del Joventut
de Badalona Alfred Carrillo vio
el reportaje y se apuntó el
nombre del pueblo. Carrillo
llamó al Ayuntamiento de
Pontigón y se identificó. El
alcalde, Jesús Landeira, le puso
en contacto con el joven. Así
fue como llegó a Catalunya, un
país que lleva el deporte en las
venas, como explica mi gran
amigo, el ex jugador del Barça
de hockey sobre patines, Jordi
Vila-Puig.
Era
la Semana Santa de 1997. Lo fue a
recibir al aeropuerto de El Prat
Miguel Ángel Forniés.
"Desde el primer momento,
descubrí que era un chaval muy
campechano, muy sanote",
recuerda el polivalente y genuino
Micki. Se fue a vivir a
casa de Miquel Nolis; ahora vive
en un apartamento de Badalona,
solo. La vida también depende de
nosotros. Borja Vidal Fernández
dejó atrás un pueblo que le
había colocado ya una canasta
por orden del señor alcalde y
que vive de la agricultura, la
ganadería y las minas. Ahora,
él es una mina de oro en
potencia. Si Pau Gasol es el
Kevin Garnett europeo, Borja
puede ser El Gordo
Barkley del siglo XXI.
Todo
lo ha conseguido a base de
trabajo. Empezó con el junior B
del Joventut con Josep Solà. La
temporada siguiente, en el junior
A con Joan Plaza. Después, dos
temporadas en el filial, en la
Liga EBA, (la primera con Joan
Plaza y la segunda con Randy
Knowles). El seleccionador
español sub-20 Paco García le
convocó el pasado verano, por
vez primera, para el Mundial de
Japón. "La progresión de
Borja Fernández es evidente y su
internacionalidad es un premio,
una recompensa, a su buen
trabajo, algo de lo que nos
alegramos profundamente en el
club, en el Joventut", en
palabras de Forniés.
Diversos
equipos de la LEB lo quieren en
sus plantillas para la próxima
temporada. En la Penya ven con
buenos ojos una cesión para que
pueda adquirir experiencia antes
de incorporarlo definitivamente
al primer equipo verdinegro. Ha
perdido 30 kilos gracias a su
dieta equilibrada, pero Borja ha
ganado peso en el baloncesto
español. Todos destacan sus
ganas de aprender y su gran
espíritu de sacrificio.
Es
un tímido casi patológico, pero
se ha integrado a Badalona sin
problemas. Poco a poco se ha
convertido en compañero de viaje
de Dramec y Dumas. Cree que es el
tiempo el que nos hace mejores
día a día. No conoce la
envidia. Sabe que el espíritu es
lo que arma al hombre.
Sentimentalmente, es patrimonio
del Joventut de Badalona. Para
Borja Vidal Fernández, jugar en
la Penya no es una frivolidad ni
una desesperación. Es un honor.
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