| Vladimir
Putin, presidente de Rusia, ha
dado instrucciones desde el
Kremlin para que el país
recupere el prestigio deportivo.
Ahora que se cumplen 10 años
desde que Rusia ocupó el lugar
de la Unión Soviética en las
instituciones internacionales,
Putin prepara un decreto para
fomentar la práctica del
deporte. Se anuncian becas,
una especial atención al deporte
escolar y la construcción de
instalaciones deportivas. Se
quiere cuidar la salud de la
gente y el eco internacional.
Putin, practicante del judo y el
esquí, querría ver una Rusia
ganadora en los Juegos de Atenas
2004.
Las
zapatillas de Bill Russell
Hace
muchos años, cuando nadie podía
imaginar una URSS a punto de caer
en la histeria anticomunista, de
cara al exterior el país vivía
del legendario esplendor de la
danza, que exportaba al mundo a
través de las compañías
oficiales del Bolshoi, y del
deporte.
Todos
hablaban con admiración de la
preparación física de las
bailarinas y de la valía de los
deportistas soviéticos, que
ayudaban a hacer que el análisis
marxista se mostrase
generosamente utópico a costa de
la integridad física y de la
libertad de los demás.
En
aquellos tiempos, los héroes del
deporte soviético se limitaban a
cumplir y a callar. Si el poeta
Josef Brodsky decía que el
comunismo era la aplicación del
proceso industrial a la fabricación
en serie de dictadores, los ideólogos
soviéticos del deporte eran unos
grises y opacos stalinistas
directamente implicados en el
proceso de fabricación en serie
de victorias. La utopía era la
victoria, y en 1952 la URSS
decidió volver a participar en
unos Juegos, los de Helsinki.
Allí
se celebró el primer
enfrentamiento de la historia del
baloncesto entre los EE.UU. y la
URSS. Ganaron los
norteamericanos. Tuvieron que
pasar 20 años para que los soviéticos
ganasen a los yanquis, en Múnich
1972, con una famosa canasta
final de Alexandr Shasha
Belov. En 1990 conocí a Viktor
Zubkov, olímpico en baloncesto
en Melbourne y Roma. Podíamos
hablar de deporte, de olimpismo,
pero ni siquiera la perestroika
facilitaba conversar sobre otras
cuestiones. No era posible hablar
ni de Bertrand Russell ni de
Brezhnev, y recuerdo que Zubkov
me confesó que todo lo que había
conseguido de su participación
internacional habían sido las
zapatillas que le regaló el
legendario jugador norteamericano
Bill Russell en los Juegos de
1956.
Saras,
'El Comunista'
En
septiembre de 1991, en la reunión
del Comité Ejecutivo del COI en
Berlín, se trató la readmisión
de las tres repúblicas bálticas
que habían proclamado su
independencia de la Unión Soviética.
En los Juegos de Barcelona, la
selección de Lituania ganaba una
medalla. Ahora, el Barça de
baloncesto tiene dos jugadores
lituanos en la plantilla: Arturas
Karnisovas y Sarunas
Jasikevicius. El KGB ya no es
aquella locomotora de fuerza
enorme imposible de parar. La
situación actual permite pasar
por alto que entre los espías
hay una cierta por la obligada
transfiguración de su razón de
existir. En el vestuario del
Palau Blaugrana, Saras es
conocido, en coña, como El
Comunista.
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