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“Yo les vendo
un proyecto joven, con mucha ilusión, ideal para
jugadoras que pueden promocionarse y hacer
buenos números, les vendo hasta la Mezquita,
pero claro, luego viene el dinero”. Las
palabras de Ángel Lopera resumen sólo en parte
las complicaciones que está viviendo el
entrenador de la UCO para construir su equipo de
cara a la próxima temporada en la LFB-2.
Después de un año
mágico culminado con el ascenso, el equipo
universitario vive días de incertidumbre cuando
apenas faltan un par de semanas para el inicio
de la pretemporada, en pleno proceso de
aterrizaje a una competición que le ha pillado
con el paso cambiado.
Antes de
medirse con sus rivales en la pista, la UCO está
notando ese shock del cambio de categoría
en las negociaciones con las jugadoras. El
primer quebradero de cabeza está siendo la
renovación del bloque que logró el ascenso. Inma
Gómez, Raquel Pérez, Carolina Gavilán, Carmen
Ordóñez, Rosa González y varias júniors ya han
asegurado su continuidad, pero otras dos pesos
pesados, Cristina Gómez e Izaskun Elizaran
(curiosamente, la única jugadora con experiencia
en la categoría) siguen sin dar una respuesta
afirmativa.
La razón es
bastante comprensible. La máxima oferta de la
UCO es de 240 euros mensuales, con algún
complemento extra para las jugadoras (como
Cristina e Izaskun) que trabajan al margen del
baloncesto. La exigencia de una categoría
profesional, con cuatro entrenamientos semanales
y viajes que suman cerca de 20.000 kilómetros a
lo largo de toda la temporada es una dura carga
para unas jugadoras a las que se les ofrece poco
más que la ilusión por jugar en una categoría en
la que muchas de sus rivales se mueven por
encima de los 2.000 euros mensuales.
Lo cierto es
que hay bastantes equipos que afrontan la
temporada sólo por estar ahí y salvar la
categoría. Pero no menos cierto es que hay otros
muchos que sólo juegan con la idea de ascender y
ahí la pelea va a ser tremenda. Equipos como el
Mendíbil ascendieron la pasada temporada con un
presupuesto de 450.000 euros, una cifra
semejante a la que mueven los grandes de la LFB-2,
como el recién descendido Linares. Estas cifras
dejan a las claras la exigencia de la
competición en la que se verán envueltas las
universitarias.
Porque si algo
está claro, es que los responsables de la UCO no
han terminado de asimilar el carácter
absolutamente profesional de la LFB-2. Aparte de
los sueldos de las jugadoras, otras cuestiones
como la calidad de los desplazamientos (cinco
viajes a Cataluña, dos a Baleares, dos al País
Vasco...) pueden marcar diferencias en contra
del equipo amarillo.
“A ilusión y
trabajo no nos va a ganar nadie y vamos a jugar
sin miedo ninguno”, asume Lopera consciente
de que pocas armas más va a tener para hacer
frente a la temporada. Los argumentos son
múltiples. El primer rival de las universitarias
en la liga, el Jovent balear, ha cambiado
radicalmente su discurso de la pasada temporada
(en la que peleó por la permanencia) y se ha
reforzado para ser más ambicioso. El Linares va
sobre seguro y ha fichado a la veterana base
Estela Ferrer (16 puntos, 6 rebotes y 3
asistencias) o a la americana Sylita Thomas (22
puntos y 10 rebotes) a base de talonario.
El éxito se
compra, así de fácil. “Hablo con los agentes
y en el momento en el que hablamos de dinero
todo cambia. Tengo 1.500 euros al mes para la
americana y por eso es muy difícil fichar”,
lamenta Ángel Lopera, que tras su etapa en el
Cajasur está viviendo la dureza del baloncesto
profesional desde el otro lado de la mesa. El 18
de octubre se alza el telón.
[Este
reportaje fue publicado por El Día de Córdoba]
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