.JPG)
.JPG)
.JPG)
|
RUBÉN
MORENO
masBasket.com
Antes que nada tengo que confesar que cuando me acerqué a ver a esos "locos
bajitos" como bien canta el gran Joan Manuel Serrat, no lo hacía más que por
el placer de divertirme y ver como con un esfuerzo digno del más grande de
los deportistas, un grupo de chavales de no más de 10 años daba algunos
botes al balón e intentaba pasar por el aro una pelota que en sus aún
pequeñitas manos parecía un globo terráqueo. Pero desde el momento en que
cada uno de los entrenadores sacó a sus quintetos (uno de niñas del Mini A y
otro de niños de la misma categoría), aquello empezó a tomar otro sentido.
Esos chavales empezaron a demostrar no sólo el dominio que van adquiriendo
sobre los conceptos básicos del juego, que sea dicho son absolutamente
impresionantes. Ver cómo levantan la cabeza y continúan driblando y botando
la bola sin bajar la mirada, a quienes hayan jugado a esto les dará una idea
del nivel que a esa edad van alcanzando unos niños que se ilusionan e
ilusionan a quienes se acercan a verlos durante un rato. Su organización
durante el encuentro va siendo poco a poco más curtida. Los chicos van a
pasar un rato con sus compañeros (primera y fundamental norma a esta edad),
y al mismo tiempo van adquiriendo pequeños hábitos que en el futuro les será
de mucho provecho: compañerismo, trabajo en equipo, y sobre todo educación
en lo que la palabra supone en todo su sentido.
En ningún momento del partidazo (y lo digo así por lo bien que me lo pasé)
vi a ninguno de los chavales protestar a ninguno de sus entrenadores y mucho
menos poner una mala cara a un compañero o al árbitro. Siempre recurrimos al
tópico de "es que la jugadora estaba a mil revoluciones" cuando se comete
una acción un poco desfasada del juego. Ellos son chiquillos a los que aún
hay que orientar en mas de un 60% de las acciones cotidianas, y basta que el
árbitro haga sonar el silbato para que, como en una comedia de altas
actrices, ellas se queden paradas, miren la orden del que manda y la
ejecuten sin decir ni hacer ningún gesto de enfado. Aún recuerdo y me quedo
fascinado. Ellas nos daban sin querer una lección a todos los que estábamos
siguiendo sus movimientos. Respeto, lucha y mucho mucho desparpajo.
El
resultado del partido, partido preparado a forma de entreno, ya que justo
ese fin de semana las chicas descansaban, fue lo de menos y nunca mejor
viene al caso, ya que sin marcador que señalara quien iba por delante ni
ningún grito o aspaviento fuera de lo normal por parte de ninguno de los
bancos, lo que menos me importó en ese momento fue quien había ganado. Todos
los que tuvieron durante un segundo el balón en la yema de sus dedos
ganaron. Ganaron en diversión, en hacer durante algo más de hora y medía un
poco de deporte, pero sobre todo ganaron la satisfacción personal (que ellas
también llevan dentro) de sentirse llenas en el sentido de estar
compartiendo una actividad que a estas edades va más allá del odioso afán de
protagonismo, del llenar un casillero de números absurdos, y que ellas
centran, seguro que de forma inconsciente en acumular vivencias que con el
paso del tiempo recordarán como algunas de las mejores de su vida deportiva.
Porque ése es otro punto. Todos estamos seguros de que ellas y ellos sueñan
con ser algún día la próxima Valdemoro o el próximo Gasol. E imagino que sus
entrenadores (a mí en estos casos me gusta más llamarlos educadores),
poquito a poco les irán inculcando que esto aún no es más que uno de los
hobbies más sanos que pueden disfrutar, y que muchos de ellos no llegarán a
la elite, a la cumbre de los elegidos para ser un día señalados en una
cancha abarrotada o parados al final de un partido para que les firmen un
autógrafo. Aquí es donde entra la labor de esas personas ante las que me
quito el sombrero por hacer un seguimiento tan completo, por tener la
preocupación ya no sólo de acompañar a su propia hija a un entreno o a un
partido, si no de estar sobre ellos cuando todo va bien, con el viento de
cara, pero sobre todo cuando la cosa pinta de otro color. Y valoro su
dedicación porque no encuentro nada más difícil que hacerle comprender (no
imponer) a una chavala de 10 añitos que un día puede que no cumplan el sueño
con el que ahora se acuestan. Que ahora se trata de disfrutar y ser
disciplinado, ordenado y consecuente con un trabajo que si a nosotros los
adultos se nos hace cuesta arriba, ellas absorben con una madurez que a más
de uno dejaría perplejo.
A ellos. A los padres y entrenadores va dedicado este trocito de artículo.
Las gracias por la constancia y el saber inculcar los valores más
fundamentales a esa edad tan temprana: sacrificio, trabajo, humildad y sobre
todo mucha disciplina desde el momento en el que comienza un entreno o un
partido hasta que cada una de ellas se va a la ducha. ¡Ah! Y respeto. Mucho
respeto al contrario. Son muchos los partidos en los que un equipo arrolla y
avasalla al otro, y ellas deben comprender que ese respeto es la base sobre
la que han cimentado el triunfo. Así si pueden salir con la cabeza alta y
satisfechas de su trabajo. Porque ha ganado y han sabido ganar. A veces en
mi imaginación las comparo con cierto dicho que reza que el "rugby
(el europeo, concretamente) es un deporte de animales jugado por
hombres, mientras que el fútbol (del que me considero enamorado) es
un deporte de hombres a veces jugado por animales". Pues ellas representan el baloncesto
puro, ése que aún no tiene la mancha ni la lacra de la protesta al arbitro,
del (odioso y detestable) insulto desde la grada, ni del ganar porque sí y
punto. Eso por suerte o desgracia a alguna de ellas les llegará.
Porque de ese equipo, del
Sant Josep Obrer han salido jugadoras que hoy son
referencia de nuestro baloncesto y otras que seguro serán quienes tomen el
relevo de las que hoy conocemos en el mundillo del basket femenino. Por allí
estuvo la hoy megacrack del Wisla Marta Fernández. Allí, en este equipo
mallorquín comenzó a dar sus primeros pasos para llegar a ser lo que es hoy
en día: jugadora All-Star, Campeona de Liga y Copa en varias ocasiones,
internacional con España sin ninguna discusión, olímpica y una de las
últimas estrellas de la WNBA portando el 5 de Los Angeles Sparks. En mucha
de las entrevistas que he leído de la fenomenal alero barcelonesa siempre
hace referencia a sus raíces en el combinado amarillo. Eso habla de esa
educación a la que antes hacíamos referencia: Nunca hay que olvidar de
donde vienes.
Junto a ella pasaron por Sant Josep chicas que serán el futuro, y de seguir
así, trabajando con calma, sin que sean presionadas y dejando que dentro de
la táctica saquen a relucir su inagotable talento, probablemente el conjunto
de jugadoras más compacto y completo del que nunca hayamos podido disfrutar
en nuestra Selección. Jugadoras como Alba Torrens o Gaby Ocete, junto a las
chicas del 88 y 89 (Tamara Abalde, Jael Freixanet, o Anna Carbó - perdón por
no citarlas a todas, porque todas se merecen ser nombradas -) campeonas ya
de varios Europeos y mostrando un baloncesto de gran exquisitez, salieron de
este equipo-colegio con la misma ilusión que lo está haciendo las niñas que
me fascinaron con su entrega y su basket. Porque saben de qué va esto. La
soltura con la que se desenvuelven entre ambas canastas te hace parecer un
auténtico desastre cuando antes creías que al hacer un mate con el grupo de
amigos o al encestar dos triples seguidos ibas a ser el próximo Michael Jordan. Ellas volvieron a darle cuerda a mi pasión por el basket Femenino.
Con sus pases calculados, con la puesta en escena de aquellas pequeñas notas
que sus "jefes" les habían diseñado en los entrenos, me hicieron vivir
sentimientos encontrados.
Por un lado me di cuenta de que nuestro baloncesto tiene mucha salud y mucho
futuro, gracias a la labor de quienes le inculcan lo fundamental, y sobre
todo a la materia prima que hay: ellas. Esas pequeñajas que una tarde me
dejaron boquiabierto al ver que es posible lo que a veces es inimaginable;
que una criatura a simple vista débil y frágil sea capaz de dibujar un
triple de la misma factura que lo ejecuta Laia Palau, un pase de fantasía de
Núria Martínez o una defensa hasta la extenuación como las de Laura Camps.
Eso lo estaban haciendo en un patio de un colegio, donde se levantaban
rebotadas tras una caída fortuita sin una simple queja ni un "ya no puedo
más". Por otro lado me di cuenta de que el tiempo no pasa en vano, y que
ahora, eso que parece lo más sencillo del mundo ya no se puede recuperar, y
que por mucho que pudiésemos pagar los que echamos de menos esos partidillos
con los amigos, sin rivalidad, sin nada en juego, ya nos es imposible
alcanzar esa magia, esas cómplices miradas de compañeras que hacen que lo
que vi esa tarde allí, en el patio y la cancha del equipo del Sant Josep sea
para mí el Mayor Espectáculo del Mundo.
.JPG)
Imagen: masBasket
|