Sant Josep Obrer no es un colegio cualquiera en el basket femenino. De esta factoría han salido recientemente jugadoras
del nivel de Marta Fernández, Alba Torrens o Gaby Ocete. masBasket rindió recientemente visita a este hervidero
de futuros talentos y sirve un pequeño homenaje a la ilusión que desprenden todos los niños y niñas de este país
cuyo único pensamiento es pasárselo bien a través de éste nuestro deporte.





 


RUBÉN MORENO
masBasket.com


Antes que nada tengo que confesar que cuando me acerqué a ver a esos "locos bajitos" como bien canta el gran Joan Manuel Serrat, no lo hacía más que por el placer de divertirme y ver como con un esfuerzo digno del más grande de los deportistas, un grupo de chavales de no más de 10 años daba algunos botes al balón e intentaba pasar por el aro una pelota que en sus aún pequeñitas manos parecía un globo terráqueo. Pero desde el momento en que cada uno de los entrenadores sacó a sus quintetos (uno de niñas del Mini A y otro de niños de la misma categoría), aquello empezó a tomar otro sentido.

Esos chavales empezaron a demostrar no sólo el dominio que van adquiriendo sobre los conceptos básicos del juego, que sea dicho son absolutamente impresionantes. Ver cómo levantan la cabeza y continúan driblando y botando la bola sin bajar la mirada, a quienes hayan jugado a esto les dará una idea del nivel que a esa edad van alcanzando unos niños que se ilusionan e ilusionan a quienes se acercan a verlos durante un rato. Su organización durante el encuentro va siendo poco a poco más curtida. Los chicos van a pasar un rato con sus compañeros (primera y fundamental norma a esta edad), y al mismo tiempo van adquiriendo pequeños hábitos que en el futuro les será de mucho provecho: compañerismo, trabajo en equipo, y sobre todo educación en lo que la palabra supone en todo su sentido.

En ningún momento del partidazo (y lo digo así por lo bien que me lo pasé) vi a ninguno de los chavales protestar a ninguno de sus entrenadores y mucho menos poner una mala cara a un compañero o al árbitro. Siempre recurrimos al tópico de "es que la jugadora estaba a mil revoluciones" cuando se comete una acción un poco desfasada del juego. Ellos son chiquillos a los que aún hay que orientar en mas de un 60% de las acciones cotidianas, y basta que el árbitro haga sonar el silbato para que, como en una comedia de altas actrices, ellas se queden paradas, miren la orden del que manda y la ejecuten sin decir ni hacer ningún gesto de enfado. Aún recuerdo y me quedo fascinado. Ellas nos daban sin querer una lección a todos los que estábamos siguiendo sus movimientos. Respeto, lucha y mucho mucho desparpajo.

El resultado del partido, partido preparado a forma de entreno, ya que justo ese fin de semana las chicas descansaban, fue lo de menos y nunca mejor viene al caso, ya que sin marcador que señalara quien iba por delante ni ningún grito o aspaviento fuera de lo normal por parte de ninguno de los bancos, lo que menos me importó en ese momento fue quien había ganado. Todos los que tuvieron durante un segundo el balón en la yema de sus dedos ganaron. Ganaron en diversión, en hacer durante algo más de hora y medía un poco de deporte, pero sobre todo ganaron la satisfacción personal (que ellas también llevan dentro) de sentirse llenas en el sentido de estar compartiendo una actividad que a estas edades va más allá del odioso afán de protagonismo, del llenar un casillero de números absurdos, y que ellas centran, seguro que de forma inconsciente en acumular vivencias que con el paso del tiempo recordarán como algunas de las mejores de su vida deportiva.

Porque ése es otro punto. Todos estamos seguros de que ellas y ellos sueñan con ser algún día la próxima Valdemoro o el próximo Gasol. E imagino que sus entrenadores (a mí en estos casos me gusta más llamarlos educadores), poquito a poco les irán inculcando que esto aún no es más que uno de los hobbies más sanos que pueden disfrutar, y que muchos de ellos no llegarán a la elite, a la cumbre de los elegidos para ser un día señalados en una cancha abarrotada o parados al final de un partido para que les firmen un autógrafo. Aquí es donde entra la labor de esas personas ante las que me quito el sombrero por hacer un seguimiento tan completo, por tener la preocupación ya no sólo de acompañar a su propia hija a un entreno o a un partido, si no de estar sobre ellos cuando todo va bien, con el viento de cara, pero sobre todo cuando la cosa pinta de otro color. Y valoro su dedicación porque no encuentro nada más difícil que hacerle comprender (no imponer) a una chavala de 10 añitos que un día puede que no cumplan el sueño con el que ahora se acuestan. Que ahora se trata de disfrutar y ser disciplinado, ordenado y consecuente con un trabajo que si a nosotros los adultos se nos hace cuesta arriba, ellas absorben con una madurez que a más de uno dejaría perplejo.

A ellos. A los padres y entrenadores va dedicado este trocito de artículo. Las gracias por la constancia y el saber inculcar los valores más fundamentales a esa edad tan temprana: sacrificio, trabajo, humildad y sobre todo mucha disciplina desde el momento en el que comienza un entreno o un partido hasta que cada una de ellas se va a la ducha. ¡Ah! Y respeto. Mucho respeto al contrario. Son muchos los partidos en los que un equipo arrolla y avasalla al otro, y ellas deben comprender que ese respeto es la base sobre la que han cimentado el triunfo. Así si pueden salir con la cabeza alta y satisfechas de su trabajo. Porque ha ganado y han sabido ganar. A veces en mi imaginación las comparo con cierto dicho que reza que el "rugby (el europeo, concretamente) es un deporte de animales jugado por hombres, mientras que el fútbol (del que me considero enamorado) es un deporte de hombres a veces jugado por animales". Pues ellas representan el baloncesto puro, ése que aún no tiene la mancha ni la lacra de la protesta al arbitro, del (odioso y detestable) insulto desde la grada, ni del ganar porque sí y punto. Eso por suerte o desgracia a alguna de ellas les llegará.

Porque de ese equipo, del Sant Josep Obrer han salido jugadoras que hoy son referencia de nuestro baloncesto y otras que seguro serán quienes tomen el relevo de las que hoy conocemos en el mundillo del basket femenino. Por allí estuvo la hoy megacrack del Wisla Marta Fernández. Allí, en este equipo mallorquín comenzó a dar sus primeros pasos para llegar a ser lo que es hoy en día: jugadora All-Star, Campeona de Liga y Copa en varias ocasiones, internacional con España sin ninguna discusión, olímpica y una de las últimas estrellas de la WNBA portando el 5 de Los Angeles Sparks. En mucha de las entrevistas que he leído de la fenomenal alero barcelonesa siempre hace referencia a sus raíces en el combinado amarillo. Eso habla de esa educación a la que antes hacíamos referencia: Nunca hay que olvidar de donde vienes.

Junto a ella pasaron por Sant Josep chicas que serán el futuro, y de seguir así, trabajando con calma, sin que sean presionadas y dejando que dentro de la táctica saquen a relucir su inagotable talento, probablemente el conjunto de jugadoras más compacto y completo del que nunca hayamos podido disfrutar en nuestra Selección. Jugadoras como Alba Torrens o Gaby Ocete, junto a las chicas del 88 y 89 (Tamara Abalde, Jael Freixanet, o Anna Carbó - perdón por no citarlas a todas, porque todas se merecen ser nombradas -) campeonas ya de varios Europeos y mostrando un baloncesto de gran exquisitez, salieron de este equipo-colegio con la misma ilusión que lo está haciendo las niñas que me fascinaron con su entrega y su basket. Porque saben de qué va esto. La soltura con la que se desenvuelven entre ambas canastas te hace parecer un auténtico desastre cuando antes creías que al hacer un mate con el grupo de amigos o al encestar dos triples seguidos ibas a ser el próximo Michael Jordan. Ellas volvieron a darle cuerda a mi pasión por el basket Femenino. Con sus pases calculados, con la puesta en escena de aquellas pequeñas notas que sus "jefes" les habían diseñado en los entrenos, me hicieron vivir sentimientos encontrados.

Por un lado me di cuenta de que nuestro baloncesto tiene mucha salud y mucho futuro, gracias a la labor de quienes le inculcan lo fundamental, y sobre todo a la materia prima que hay: ellas. Esas pequeñajas que una tarde me dejaron boquiabierto al ver que es posible lo que a veces es inimaginable; que una criatura a simple vista débil y frágil sea capaz de dibujar un triple de la misma factura que lo ejecuta Laia Palau, un pase de fantasía de Núria Martínez o una defensa hasta la extenuación como las de Laura Camps. Eso lo estaban haciendo en un patio de un colegio, donde se levantaban rebotadas tras una caída fortuita sin una simple queja ni un "ya no puedo más". Por otro lado me di cuenta de que el tiempo no pasa en vano, y que ahora, eso que parece lo más sencillo del mundo ya no se puede recuperar, y que por mucho que pudiésemos pagar los que echamos de menos esos partidillos con los amigos, sin rivalidad, sin nada en juego, ya nos es imposible alcanzar esa magia, esas cómplices miradas de compañeras que hacen que lo que vi esa tarde allí, en el patio y la cancha del equipo del Sant Josep sea para mí el Mayor Espectáculo del Mundo.

 


 

Imagen: masBasket