Paldies, lūdzu

Ocho días en Riga dan para mucho. Para mucho basket, más basket, y algo de turismo. Y cachondeo, que no hemos venido al mundo para sufrir. 

Un viaje a un país extranjero no es viaje ni es nada sino lo acompañas de las dos-tres palabras chorras con las que te autoconvences de que eres originario de allí. Letonia es tan pequeño que si vas en coche y te despistas un poco, ya te lo has pasado de largo.

Y fuera del territorio, el letón es tan útil como un parabrisas en un submarino. Gracias, de nada y un dedo parea señalar los platos de la carta es todo lo que necesitas para moverte en el país báltico.

Y lats, la moneda de Letonia. Sí, también son terriblemente útiles en Botswana. Es curioso que el lat sea una moneda mucho más cara que el euro. Por 100 euros te dan casi 70 lats. Nah, una miseria. Pero realmente te alegra la vista ver que puedes comer por 9'80... lats. Te engañas. En el fondo, te estás engañando. No son euros (y es inevitable calcularlo en euros), pero realmente es barato.

La camiseta de Letonia cuesta 21 lats en cualquier (una) tienda de souvenirs. La de basket la venden. Y uno no sabe por qué sólo tienen talla XXL de basket. O eres una vaca marina o no puedes ser aficionado. Nos hemos hecho con una de futbol (lo siento, lo siento, lo siento...), pero ni punto de comparación, que la oficial de basket es preciosa.

Pero nos luce mucho, que aquí lo latino gusta. Hemos hecho un cálculo de cuánto se liga en Letonia en comparación con lo que hay en España, y hemos llegado a la conclusión de que es el doble: nada de nada. Excepto sí te llamas Julián Martínez, el segundo ayudante de Ainars Zvirgdins (o Virgin, para simplificar... tanta letra para nada), que se vino a vivir por amor. Tanto le cambió la vida, que hasta le modificaron el nombre: aquí se llama Hulians Martiness.

Lo que sí hacemos es echarnos unos tiros en el Arena Riga cuando han acabado los partidos. Cuando concluimos nuestro trabajo, nos acercamos al parquet a sentirnos más ridículos, que hemos dicho tirarlos, y no meterlos. Tiradores somos muchos, metedores son pocos.

La vida del periodista es dura. Nutricionalmente, un asco. Nuestras primeras visitas al centro de Riga fueron para comer en (McDonald's) una cadena
(McDonald's) de comida rápida (McDonald's) del que no (McDonald's) haremos publicidad (McDonald's), ni siquiera (McDonald's) subliminalmente (McDonald's). Se puede decir que eso es todo lo que Rubén y yo hemos conocido del casco antiguo hasta ayer prácticamente, que nos dimos un voltio bien largo. Llegamos hasta el río Daugava, que separa lo interesante de ver y lo prescindible.

Muchos nos preguntamos qué tiene que ver el color morado de la bandera con una ex-república soviética. No es el color que uno relacionaría con Letonia, francamente, pero lo entendemos todo cuando vemos el color del río...

Coñas fuera, el centro está bonito de ver. Es pequeño, coqueto y con rincones deliciosos. El monumento a la Libertad, que preside la entrada al centro histórico y el encantador parque que rodea un canal (morado) directamente alimentado del Daugava, es muy del gusto centroeuropeo. Sencillo, simbólico y verde y dorado... Como casi todo lo que uno se encuentra por estos lares

Pese a ser independiente desde hace muchos años (mirad Google y enteraos por vosotros mismos, vagos) hay vestigios monumentales del pasado comunista. Y parece que nadie monta la de Dios, no como en nuestro país. Ya saben... ciertas estatuas... Franco... ¿Lo cogen?

Poco avezado hay que ser para darse cuenta de otras peculiaridades de Letonia, como la competencia entre taxis. Hay competencia entre distintas compañías, lo que nos parecería bien si ni fuera porque todos te timan de una manera brutal. El primer día de llegada debimos coger al único honrado de toda Riga, que nos cobró unos honestos 2'35 lats. Con esa primera referencia nos cogimos alegremente al siguiente día otro con Miquel Bordoy y Leslie Chiemeka, compañeros de fatigas periodísticas... y nos estafaron con alevosía, premeditación y nocturnidad: 11 lats por un trayecto menor, de 5 minutos. Hasta que aprendimos que cada compañía impone su precio por ciertas carreras, nos dejamos una pasta.

La cosa debe estar muy mal para el gremio porque los reposacabezas tienen publicidad de casas de mujeres que fuman y te hablan de tú. En el citado timo de los 11 lats, el conductor se dejó de sutilezas: "Do you need girls?". Yo lo que necesitaba era que no me timara, maldito.

LA MÁSCARA

Para chicas ya tenemos las del EuroBasket, algunas de las cuales tienen poderes sobrenaturales: léase Natalia Marchanka. La base bielorrusa se fracturó la nariz ante Lituania. En el último partido de la segunda fase, ante Turquía, tuvo que jugar con una aparatosa máscara protectora negra. Una máscara que, como en la película de Jim Carrey, dota de poderes mágicos: victoria ante las otomanas, victoria ante Eslovaquia en la prórroga... y a semifinales. Lo malo es que, como le pasaba al actor, el poder siempre conlleva problemas: en los instantes finales ante Turquía, se le movió la careta subiendo el balón y tuvo serios problemas para deshacerse del mismo ante la fuerte presión turca. Intentando encontrar un mínimo de visión y moviéndose a ciegas para evitar los brazos turcos. De poco le cuesta el basket average a Bielorrusia. Pero al final el bien siempre gana.

Cuando no es el propio juego el que nos divierte, y os aseguramos que este EuroBasket es de lo peorcito que hemos visto en cuanto a brillantez, somos los mismos enfermos de basket los que nos procuramos algo de risas. Unos bailes, unas imitaciones de cheerleaders, los tiros de los que os hablamos,...  Esta misma noche hemos improvisado un showtime  de 5x5 con gente de la organización, y os puedo asegurar que nos hemos divertido una cosa bárbara.

Luego toca currar un poco (sólo un poco) para que por la mañana todos tengáis cosas nuevas que leer. Ahora mismo estoy en la habitación oyendo un poco de música, bajita, que el otro día se me quejaron. Y cuando lo tenga todo listo, me bajaré al hall. ¿Para qué? Pues si bien en la web del hotel decía que había wifi "in the entire hotel", no hemos localizado al tal "entire" y tenemos que bajarnos a pillar la señal de la recepción. Allí deben estar echando horas dos tipos muy grandes de esto: Miquel Girondins de Bordoy y Leslie Chiemeka. Rubén se ha bajado a oír El Larguero... Vaya tela.

Suerte aún de que el hotel está justo enfrente del Arena Riga. De hecho, está tan cerca que si nos caemos de la cama aparecemos en medio de la pista. Pero no tiene mucho mérito. Ya saben, con poco que andes te sales fuera de las fronteras.

PD: Besos para mis niñas del AE L'Hospitalet. Se os echa de menos. Fem-ho!

PD2: Os dejo con una de las maravillas imprevistas. La foto es de las 3 de la mañana: estamos cerca del Círculo Polar Ártico y en ésta época no llega a anochecer del todo. Cuando abandonamos el pabellón, sobre las 11 por lo general, hay una claridad alucinante. Hay algo de hermoso y mágico en todo esto.